viernes, 5 de abril de 2013

CUENTO



LA MANO DE JUAN

Cuento publicado en la revista Fractales, 2008

Conté las monedas para pagar el pasaje y vi venir la buseta: Perdomo – San Vicente – Coruña. Me subí. Pagué. Me senté y como es usual, eché un vistazo a ver qué compañeros tendría para ese recorrido. Nada diferente. Los hombres con cara de maleantes y las mujeres gordas y desarregladas. Venían de trabajar de la plaza del Siete de Agosto. La mayoría de pasajeros vivía en el Perdomo, yo me quedaba en la Coruña. La Sierra Morena se levantaba solitaria en medio de la niebla que cubre los cerros del sur de la ciudad.

La buseta comía pavimento tan rápido como la cinta de mi walkman se tragaba la voz de Hettfield aullando ¡seek and destroy!  La gente se encogía en sus asientos y se arrunchaba contra la carrocería del busetón. Los hedores de los pasajeros se hacían más agrios y repugnantes. El conductor demostraba una prodigiosa habilidad para maniobrar en la carrera décima que a esa hora (las casi diez de la noche) si bien está más descongestionada que en las horas pico, está llena de  indigentes que atraviesan las calles como espectros, y de taxis desbocados que le huyen al atraco; de transeúntes protagonistas de cualquier documental del centro de Bogotá; drogadictos y hampones inexpertos; colectivos azules que van hacia Ciudad Tunal a toda velocidad.

 El conductor mira de vez en cuando el espejo y echa un vistazo a ver qué puesto está desocupado para seguir echándole gente, pero la noche no arroja muchos pasajeros, entonces se resigna y acelera sin contemplación. Es lo mejor para todos.

Iba llegando a mi barrio, cuando la buseta, que ya se estaba saltando la avenida Boyacá para internarse en la recta final que me conduciría a mi barrio, empezó a toser y dar arranconazos, como un animal moribundo. Al fin, se varó después de una agonía insoportable. Era una buseta muy vieja, merecía la jubilación tanto como su conductor.

Yo estaba adormecido, soñando que tocaba la batería invitado por Metallica en su gira por Suramérica. Apenas me di cuenta de que el conductor orilló la buseta y la gente se empezó a bajar, como si los estuvieran persiguiendo, sin ningún reclamo, cosa que me llamó la atención, pues lo normal en estos casos es que la gente le pida la plata del pasaje al conductor, insultándolo. Cuando nos bajamos, me di cuenta de que éramos muy pocos los pasajeros que íbamos hasta el momento.

Se fueron subiendo a otra buseta, cosa que yo también debí de haber hecho. Pero la noche invitaba a dar un paseo vespertino por el último kilómetro que me quedaba de trecho; el aire era suave y atractivo, el clima hacía suponer que estaba en tierra caliente, cosa rara, pues ya habían pasado las once y el frío no se sentía; el cielo estaba estrellado y el horizonte en general se veía agradable. No parecía que estuviera en Bogotá.

No le vi nada de malo irme caminando hasta mi casa, al fin y al cabo, no era mi principal objetivo en la vida llegar temprano a discutir con mi papá, y aguantarle su borrachera. Demostrarle que ya no sabe qué hacer conmigo, como todos los papás, ya no saben qué hacer con uno cuando a los 17, cuando se da uno cuenta de que el mundo no son las cuatro paredes en donde se crió. No es esa bolita de cristal en la que uno cree que vive.

Alcancé a dar unos siete pasos, tranquilo y feliz (estaba en tierra caliente), cuando por mi lado pasó un  tipo de gorra ordinaria: verde mate; los pelos crespos, negros se alcanzaban a salir por los bordes de la cachucha; una chaqueta de cuero negra que le quedaba grande, un pantalón gris lo terminaba de ridiculizar y unos tenis sucios (parecía que eran blancos) le acababan de dar un aspecto terrible. Tenía pinta de ser un obrero, de los que trabajan en el norte de la ciudad.

Yo sabía que ese trecho era algo peligroso para caminarlo a esas horas y cuando el tipo se volteó para saludarme, capté el error que cometí al no haber tomado otra buseta.

Ahora este man me va a atracar... pero qué me va a robar, si al caso el walkman., el único buen recuerdo de mi ex novia. A cuánta gente he visto caminar así como yo, a estas horas y en ese lugar, y nunca les ha pasado nada, ¡pero  a mí sí es seguro que me van joder!

-          Buenas noches -. Dijo el desgraciado, con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver sus dientes amarillos y su bigote enredado que casi no dejaba ver su chata nariz. Tenía algunas arrugas alrededor de sus ojos, no ocultó que ya había pasado de los 50.
-          ¡Qué tal! Respondí con toda calma, fresco y mirándolo a los ojos, pero por dentro estaba que me orinaba del susto; él quería era robarme, tal vez degollarme.

Se presentó como Juan, me dio la mano y apretó fuerte; sentí un calor bochornoso, me preguntó mi nombre y como si nada decidió acompañarme en el trayecto de manera arbitraria. Después de diez pasos de camino ya parecíamos los mejores amigos (aunque me cagara  del susto, y maldije mil veces no haber tomado la otra buseta, como lo hicieron los demás pasajeros, sabios). Me entrevistó. Yo traté de hacer lo mismo con él, para ganarme su confianza y demostrarle que no tenía nada de miedo; eché un vistazo al panorama que nos rodeaba y  todo era horrible: la carretera abismalmente sola, el viento no silbaba, la noche era oscura pero la luna alcanzaba a iluminar la escena. Las estrellas medio alumbraban, a lado y lado de la carretera era un desierto.

 Nos acercábamos al puente que cruza el río Tunjuelito, donde habían dejado a varios taxistas atracados, sin vida. Ahora, era mi turno. Cada vez estaba más asustado y no tuve más opción que prepararme para un seguro ataque de Juan. Empuñé mis manos que sudaban en mis bolsillos y mientras (ahora mi amigo) Juancho me hablaba y me hablaba, me propuse mirar de sreojo el río que pasaba debajo. Casi me desmayo de pensar que con empujón, Juan me iba a lanzar allá. ¡Era el momento!, justo allí, Juan podría atacar sin pensarlo.

Ya estaba más cerca de mi destino y Juan se acercaba a mí con un tono descarado; su mirada era más intimidante, casi salgo a correr. Creo que ya estaba cagado y orinado. Pero el juego consistía en hacerme el duro y hacerle creer que yo no era ningún huevoncito.

¿Tú... sigues John? ¡Ahora me tuteaba el infeliz! Le respondí que , extrañado por la pregunta. Eso quería decir que él se quedaría ahí que todo iba a terminar. Algo muy raro, por qué habría de quedarse allí, si estaba en medio de la nada y el paradero aún estaba a muchos metros; además, según lo que me había dicho, su plan era irse caminando loma arriba hasta su casa porque supuestamente, también le habían dado ganas de caminar a esa hora, por ese mismo lugar, hasta Sierra Morena.

-          Sí, yo sigo, ¿y usted luego no se iba a ir caminando? Me atreví a preguntar, insistiendo en no demostrarle media miadita de susto. La voz nunca me tembló y tampoco guardé mi walkman,¡yo era un verraco!
-          Sí John, lo que pasa es que por aquí es muy peligroso y uno no sabe qué pueda pasar, ¿no le parece?

Su mezcla de tutear y no tutear me molestaba tanto como su olor a indigente. El tipo se detuvo y tuve que hacer lo mismo. Paré y con timidez extrema lo miré a ver ahora sí con qué iba a salir (ya me estaba cansando), se suponía que tenía que pasar lo que tenía que pasar, y yo estaba preparado para la escena crucial.

-          Bueno John, mucho cuidado, ten mucho cuidado por ahí, que la noche es peligrosa y por aquí es jodido.

Extendió su mano y la atenazó a la mía, me miró a los ojos y de pronto bajó su mirada. Me apretó más fuerte, traté de zafarme pero su fuerza animalesca me dominó con facilidad y mirándome hacia abajo, mirándome el sexo sin verguenza, se despidió:

-          Chao Johncito, cuídate por ahí, pero sobre todo, cuídate mucho ese tesorito.

Y mientras Juan me apretaba la mano, logró rozarme el tesorito ... Como pude me solté y lo alejé de mí. ¡Qué va!, él fue el que me soltó, me liberó. Volteé y como único recurso de supervivencia salí corriendo como si me estuviera quemando. Y la voz de Juan diciéndome eso me estaba enloqueciendo, mientras aturdido cruzaba la avenida para refugiarme entre las casas que ya se asomaban a la vista. Paré para comprobar que el aberrado no estuviera detrás de mí, pero no había nadie. No había tomado ningún medio de transporte, pues ninguno pasó mientras estábamos caminando, si cruzaba se encontraría un pequeño lago que había dejado el río desde la última vez que se desbordó. Juan desapareció con la espesa niebla que despedía el hedor del río. Llegué a mi casa atontado, sabiendo que no había pasado nada, que todo había salido bien. Bueno, me habían manoceado cruzando el río, al cualquiera le pasa ¿no?

Cuando entré a mi casa, mi mamá estaba tirada en el sofá y mi papá me recibió diciendo: nos vamos para el hospital, atracaron y parece que violaron a Juliana. ¿No se supone que USTED hoy la iba a recoger porque el novio que tiene no podía? La noticia y una botella de aguardiente, le impidieron esta vez iniciar la acostumbrada pelea familiar. El hombre estaba preocupado, sin saber qué decir, tartamudeaba, estaba nervioso, parecía que tuviera párkinson, sus manos nunca habían temblado así. Buscaba en mí una respuesta esperanzadora. Sin embargo, sus ojos no disimularon que quería echárseme encima y darme una golpiza por no haber recogido a mi hermana. De nuevo, me preparé para el combate, de nuevo, me quedé esperando.

Nos fuimos tan rápido que apenas me di cuenta de que dejamos tirada a mi mamá como si no existiera. Quién sabe por qué no podía imaginarme a mi hermana tirada en un pastizal sin un peso y abusada por un don “Juan”. Uno de esos que salen a caminar por ahí, mirando a ver qué pendejo le da por irse a la casa echando pata a la media noche.

Tomamos el taxi y al pasar otra vez por donde el asqueroso me había manoseado, no pude evitar la imagen de la mano de Juan frotándome el fundillo, rematando con su consejo cuídate mucho ese tesorito. Pensé en mi hermana, crucé las piernas algo incómodo y me puse los audífonos de nuevo.


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