sábado, 15 de agosto de 2009

EL RESPLANDOR - LIBRO DE OCHO CUENTOS -




EL RESPLANDOR



LIBRO GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE CUENTO CIUDAD DE BOGOTÁ, 2002.



autor : NEIL ROMERO R.


Los siguientes ocho cuentos son los que conforman en libro El Resplandor: en su orden, estos son los títulos: Perdóname Jaimito, La clase de inglés, Espejito, espejito, El infame mundo de Jack, ¿...Amor... y... amistad?, Un Marlboro, por favor...¡.
La temática comprende situaciones vividas por los jóvenes en ciertos momentos de su vida, aspectos que parecerían ser de un cariz netamente subjetivo e irrelevante, pero que son innegables realidades, vivencias que van conformando la personalidad y mentalidad del sujeto.




¡PERDÓNAME JAIMITO!




Habían pasado diez años desde que Jaime Martínez visitaba el odontólogo cada año, sin falta. Esta vez hacía casi dos años que había dejado de ir porque le daba pereza, miedo y no tenía dinero. Le daba pereza, porque el viajecito de su casa al consultorio era muy cortico y aburridor; él estaba acostumbrado a recorridos largos, en los que podía escuchar dos veces el mismo casete que llevaba en su walkman, en cambio para ir a donde su odontóloga no alcanzaba sino a escuchar como tres canciones y eso; además le llenaba de pavor el tener que pensar que en cuestión de minuticos se iba a encontrar frente a frente con su verdugo, y con su arma letal y demoníaca: esa fresa fría y acerada que sonaba cual vil taladro calando el muro de Berlín, y al sentir que esa aguja hacía ferias y fiestas en sus molares, le daba escalofrío el solo hecho de recordarlo. Y además sin dinero, porque la última vez que fue al consultorio le tocaba pagar el tratamiento a él, y como él estaba acostumbrado a que sus papás siempre se lo pagaran…
Lo que más impresionó a Jaime en su nueva visita al odontólogo(a) fue la recepcionista; era la misma de hace diez años, no cambiaba en nada, era una mujer alta, muy delgada, yo diría que escuálida, con las nalgas reducidas y completamente caídas y desabridas, sus piernas eran largas y flacas, flacas, no dejaban nada para la imaginación viril; era la misma, su cara, era blanca como todo su cuerpo y tenía algunas manchas que siempre llamaron la atención de Jaime y de todos los pacientes que tenían cita allí en ese consultorio; lo único que había cambiado era su genio, se había vuelto como irascible y ya hasta casi grita a los pacientes; Jaime simplemente la mira y se ríe por dentro porque comprende que estar más de diez años trabajando allí sentada y haciendo lo mismo, ¡no!!!, eso sí es muy esclavizante, y le saca la piedra a cualquiera. Entonces Jaime pensó en qué iba a ser de él cuando empezara a trabajar, trabajar como profesor, porque para eso estaba estudiando, profesor de filosofía y letras, y le daba terror, pánico el pensar estar en la misma situación de la recepcionista, y volverse más malgeniado de lo que era.
Mientras pensaba todo eso, Jaime esperaba que lo llamaran rápido para ser atendido y poderse ir rápido a su casa, seguía mirando con disimulo a la recepcionista y podía ver que había algo de ella que le gustaba, que a pesar de ser flaca, desabrida, sin nada de garbo, existía en ella algo que le atraía, más exactamente en su cara, tal vez su mirada o sus pómulos; Jaime me contaba que sus pómulos eran algo prominentes y le hacía ver la mirada más interesante, siempre me contaba eso, pero se quedaba mirando un punto fijo y se callaba de pronto; al rato volvía en sí, y me seguía contando, sí hermano, esa vieja tiene algo que me trama, me trama, esa cara me gusta, me gusta, qué puedo hacer, yo le hago, sí… ¡yo le hago!!! Yo me quedaba callado y me imaginaba a la persona en cuestión, porque no la conocía, y ni me interesaba conocerla tampoco, hasta el día ese que acompañé al pendejo de Jaime a su última cita del tratamiento que se estaba haciendo.
La verdad era que esa vieja no tenía nada de atractivo, no despertaba nada, ni un mal pensamiento, tal vez todo lo contrario; en el fondo entendía a Jaime, porque ya llevaba más de veinte años en verano y él tenía ya veintiuno y nada de nada, entonces en esta guerra para él cualquier hueco era trinchera, lo cierto es que la vieja no le dio ni la hora, al contrario, lo miraba mal y le hablaba duro, como regañándolo, tal vez se dio cuenta de que Jaimito le estaba echando los perros ; a la final ahí no pasó nada, nada de nada.
Jaime entró al consultorio para su última cita odontológica de este año, la doctora le dijo: ¿le pongo anestesia?, no cierto, pero si es una caries pequeñita, duele más la inyección de la anestesia que lo que le voy a hacer. No, doctora, yo creo que es mejor que me ponga un poco de anestesia, recuerde que en eso quedamos la última vez, por eso fue que no pudo calzar esa muela ese día, porque se demoraba mucho aplicándome la anestesia y todo eso, entonces quedamos en que hoy sí me la calzaba, pero con anestesia… Bueno, bueno, bueno, ahí le va… !pinch! Le inyectaron la anestesia a Jaime y lo mandaron afuera por diez o quince minutos mientras le hacía efecto y mientras atendían a otro paciente que estaba esperando turno.
No sé por qué diablos a los odontólogos(as) les duele colocar anestesia a los pacientes, ¿será que les sale muy cara o qué?, siempre que uno va al odontólogo le dicen el mismo cuento: tranquilo hombre, ésa es una caries pequeñita, pequeñita, duele más el pinchazo de la jeringa que lo que le voy a hacer, ¿qué dice, ah? Bueno, si usted lo dice doctor… Tranquilo, ahí le va… ahhh, ahhh, ahhh (apretando fuerte, fuerte las manos y apretando los ojos fuerte, fuerte, y por un impulso nervioso le coge la mano al inquisidor que está taladrando su muelita dañadita). ¿Pero qué pasó?, ¡ay no!, no me diga que le duele (moviendo la cabeza le dice que sí), pero el doctor le dice: no, no, no, no, no, no… ya voy a acabar, ya, ya, tranquilo… ahhh, ahhh, ahhh (mientras un ruido rechinante y escabroso le hace doler sus oídos y los del doctor también), ya, ya casi, a ver, escupa. Y vuelve y juega. Ya, ya voy a acabar, a ver, uno, dos, tres, cuatro, ¡ya listo!, ¡escupa pues!!! Y uno queda todo martirizado y percibe cierto olor a quemado que proviene de la broca de la fresa que se gastó al máximo el molar afectado. Y siempre que uno va al odontólogo es así, con el mismo cuento, que tranquilo que anestesia para qué, que eso no es nada, no se preocupe, y así… tal vez es que la anestesia es costosa y no les gusta gastarle, sólo cuando los pacientes sean mujeres bonitas (en caso de que el odontólogo sea odontólogo); en caso de que sea una odontóloga, tiene que ser un man bien pinta para que le caiga bien a la doctora y le pongan anestesia y hasta de pronto se lo cuadren, quién quita ¿no? Y como el pobre de Jaime es feíto, y siempre le tocan odontólogas, pues lo joden, así de sencillo.
La familia de Jaime siempre ha sufrido con los dientes: su hermanita, que es cuatro años menor que él, desde pequeña fue la principal cliente de los odontólogos; desde que nació se le podía profetizar que iba a sufrir con los dientes, y en efecto, cuando le salieron todos los incisivos, los caninos, los molares y demás, se le notaba un color amarillento y una cierta distorsión entre los incisivos superiores, lo que hizo tomar fuerza a la funesta profecía de la que hice mención antes, y fue a los tres añitos y medio cuando la hermanita de Jaime visitó su primer odontólogo en un hospital público casi de caridad. El odontólogo era un señor experimentado, joven y paciente. Al ver a la hermanita de Jaime pensó que el trabajo iba a estar fácil, y en efecto así fue (al menos al principio). Hola hermosura, ¿cómo estás?, tan linda la niña, ¿cómo te llamas? Milena, respondió la hermanita de Jaime con una vocecita tierna y algo estúpida; mientras tanto, a Jaimito lo estaban atendiendo en otro consultorio, eso parecía un matadero, había por lo menos diez sillas, cada una con su paciente y su verdugo a bordo, todos con fresas candentes, gritos y lamentos lastimeros, lloriqueo de niños inocentes que estaban pagando su karma por comer tantas galguerías, por no lavarse los dientes tres veces al día como se lo ordenaban sus padres, por vivir con la boca abierta y dejar entrar moscas malolientes y fétidas en su cavidad bucal.
Cuando el doctor empezó a examinar a Milenita, no duró cinco minutos en dicha operación, pues Milenita, al sentir la fresa que le rompía el delicado y fino esmalte de su muelita, y al sentir que una aguja acerada a mil revoluciones carcomía su molar tierno y fino como sólo una niña de cuatro o cinco años puede tener, al sentir que este aparato mortificaba el nervio de su muela, sentía cómo el dolor y la desdicha le rasgaban el alma y el espíritu, y cuando el conducto lagrimal se accionó automáticamente después de que el sistema nervioso mandó la orden al cerebro de que había dolor excesivo, Milenita soltó un berrido infernal, y tres milésimas de segundo después cerró su boca, pensando que así se libraría de ese dolor y de su verdugo, pero claro, ¡qué tonta!!!, al cerrar la boca imprimió aún más fuerza sobre la fresa (de fresa no tiene ni la forma) e hizo que la mano del odontólogo se corriera, y resbalara ese instrumento por la encía y en menos de nada un líquido rojizo y puro y algo escandaloso, eso que llamamos sangre, se hizo presente. De inmediato el odontólogo se rehusó a seguir atendiendo a la hermanita de Jaime y le dijo a la mamá que volviera otro día cuando la niña estuviera más tranquila, y así fue. Así fue mientras a Jaimito le sacaban una muela de la parte superior izquierda, una muela que estaba ya podrida, y le habían hecho sesiones interminables para salvarla, pero todo fue inútil, los médicos resolvieron extraer la pieza. Las cosas para Jaime fueron más desagradables: le pusieron anestesia, la odontóloga lo consintió un rato, y suavecito empezó a mover el alicate e iba sacudiendo poquito a poquito el molar en proceso; luego soltó el alicate y tomó un destornillador gigante y empezó a palanquear el molar afectado. De un momento a otro, Jaimito sintió que por el babero que le habían colocado escurría un delgado hilo de sangre con un poco de mal olor. Jaimito se asustó, y fue entonces cuando la odontóloga sacó y exhibió como un trofeo la gigante, podrida, fea y hedionda muela de Jaime. Mira, chiquito, mira, ésa era la muelita que te estaba haciendo sufrir (¡cuando en realidad los que lo hacían sufrir eran los odontólogos con sus sesiones de tortura!!!). Ya puedes escupir. ¿Si ves?, no dolió, ahora ve donde tu mamita y le dices que te compre una paleta; eso sí, no vayas a correr ni saltar porque se te viene la sangre.
Jaimito se fue donde su mamá y le dijo lo de la paleta. Su mamá dijo que bueno, que después le compraba la paleta. Jaimito sabía que no le iban a comprar la paleta y no aguantó las ganas de irse al parquecito del hospital y jugar con el pasamanos y dar botes por el pasto. Ahí fue cuando le dio una hemorragia ni la verraca y tuvo que ser atendido de urgencias otra vez, más encima el regaño de su mamá, ¡ah, pobre Jaimito!
Yo al ver todo eso, decidí que no iba a visitar al odontólogo nunca, y mírenme, tengo unos dientes de lujo, y las viejas siempre me alaban mi sonrisa; y como de todo, y no me pasa nada; y fumo de todo, y no se me amarillea nada, y me lavo la boca de vez en cuando y no huele a feo ni nada, porque para eso están los chicles con clorofila.
Por ahí me enteré de que Jaimito usó frenillo por tres años, pero ahora sí tiene unos dientes bonitos y blanquitos y bien derechitos. Lo único que le preocupa es que la muela que le sacaron no le volvió a salir; los odontólogos le dijeron que eso le salía en unos cinco años, pero ya habían pasado diez años y nada, y Jaimito no puede dormir tranquilo de pensar que la muela le salga debajo del paladar, o montada en otros dientes, y que cuando le salgan las cordales cómo irá a ser, hmmm, pobre Jaimito, y en las mismas está la hermana, que ahora ya está más grande que Jaime y que dizque le tienen que hacer cirugía para abrirle espacio a las cordales y extraerlas para que no le estorben los demás dientes.
Yo que juré que no iba a visitar al odontólogo nunca, me tocó ir una vez de urgencias, porque me dolía una muela de las de bien atrás, era un dolor indescriptible, espantoso, ya no sabía qué hacer, me azotaba contra las paredes, gritaba en mi solitario cuarto, me miraba en el espejo y sólo veía una mancha negra sobre la muela en argumento. Lloré, grité escabrosamente, hasta que los sapos de los vecinos se les dio dizque por ir a ver qué me estaba pasando. Fue la única vez que les he dirigido la palabra, porque el dolor me llevó a tal desesperación, y les imploré que me ayudaran con este castigo tan terrible. Entonces pensé que estaba pagando mi propio karma por no ir al odontólogo, por no hacerle caso a mi mamá, por no hacerle caso al pendejo de Jaime que siempre me decía que ya era hora de una revisión, y yo me las daba de muy machito, y me le burlaba en la cara a todos los que iban al odontólogo y llegaban con frenillos y aparatos raros en la jeta, dizque para mejorar la sonrisa. Y ahora en medio de mi dolor todas esas imágenes me daban vueltas por la cabeza como fantasmas anunciando mi duelo. Una viejita me dijo que dizque cogiera unos clavos con los que se fermenta el masato y que me los mascara, que eso era bendito, pero ¿en dónde iba yo a conseguir unos clavos a las dos de la mañana? Terminé por echar a todos de mi apartamento y sumirme por completo en mi dolor.
Amanecí todo lloroso y el dolor se había disipado un poquitico nada más. Salí de una hacia el odontólogo y tenía el malgenio alborotado; preciso un perrito latoso se le dio por atacarme, rápidamente lo batí de un patadón y le eché un madrazo, fue uno de los pocos momentos en que sentí alivio y fascinación por el dolor en otro ser vivo, porque no había situación más molesta que un perro me atacara con su ladrido desafiante; nunca me había decidido a golpear algún canino, pero ese día, ese día que tenía ya casi aneurisma del malgenio tan desbordante pateé a ese french poodle y lo mandé lejos, y por allá quedó botado, y yo solté una carcajada demoníaca, claro que el dolor de mi muela acribilló vilmente esa sensación tan sádicamente satisfactoria.
Crucé la calle y subí rápidamente las escaleras, el consultorio, era el 303, llegué con un pañuelo sobre mi rostro para acabar de exagerar mi sufrimiento y me atendieron más rápido; y así fue, me hicieron seguir al instante y me senté ipso facto en el potro[1], escasamente abrí la boca porque el dolor no me lo permitía y no faltaron diez segundos para que el dolor echara un vistazo y dijera las palabras mágicas. ¡Uy no, qué cosa tan horrible!!!, hay que extraer, hay que extraer de inmediato.
Dio la orden a la enfermera auxiliar de preparar el instrumental; mientras tanto el saldría a fumarse un cigarrillo, porque le habían telefoneado a su celular diciéndole que su amante estaba embarazada; ahora él pensaba en cómo deshacerse del problema, porque no iba a romper su matrimonio de diecisiete años y sus tres hijos, que junto con su esposa no iban a aceptar esta inaguantable e imperdonable situación. Tampoco estaba dispuesto a responder por el muchachito porque ya el sueldo no le iba a alcanzar, y si no respondía, pues la amante lo demandaría, y mejor dicho, estaba en jaque, casi mate, a ese rey no le quedaban por ahí sino dos cuadritos para moverse, considero que usted es inteligente y deducirá cuáles serán esos cuadritos, hasta de pronto habrá vivido la misma situación.
La enfermera asistente se acordó de que no había llevado a su jefe inmediato las historias clínicas de los últimos pacientes, y se fue volando. Quedé solo y triste, sumido en un profundo dolor, un dolor físico que no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo: ese perro del Andrés que me quitó a mi novia de toda la vida, lo que yo construí en ocho años de relación, ése lo consiguió en diez minutos de copas, baile y una que otra palabreja endulzadora de oído.
El doctor llegó y pegó un grito que me hizo brincar de la silla: ¡Enfermera, qué se hizo!!!, ¿dónde está el instrumental para extracción? ¿Es que no ve que este muchacho se está desmayando ya del dolor? Qué hubo, ¡apúrese sumercé!!! Ya, ya, ya doctor, tranquilo. ¿Ya esterilizó el instrumental? La enfermera, por no quedar mal con él, y por no ganarse otro regaño, me picó el ojo y le dijo al doctor que claro, que ya estaba listo, que cómo se le ocurría que no lo hubiera hecho si cuánto hace que le había dado la orden, sería el colmo, ¿no doctor? A ver, pues, procedamos. Abra la boca…
Tomó una jeringa metálica gigante, me mostró la anestesia y me aplicó la inyección para dormirme toda la verraca boca; se me durmió hasta el pelo, curiosamente el nervio de la muela estaba más despierto que nunca, parecía aún más embravecido, me inyectó de nuevo y se me acabó de dormir el resto de la cara; y el nervio intacto. ¿Le duele?, ¿ya se le durmió? (pensé la respuesta, y para no demorar más el litigio:) Sí, sí señor, ya no siento casi nada, un poquitico nada más, bien pueda usted señor. Así me gusta, valiente. Y el procedimiento fue el mismo que le hicieron a Jaimito y el mismo que le hacen a todo el mundo cuando le van a extraer una muela o un diente, la única diferencia es que por no hablar y defender mis derechos, fui atendido con un material no esterilizado, y al contrario, cargando en la aguja de la jeringa que poseía la anestesia (que entre cosas olía a feo y no me hizo efecto en el nervio) había absorbido para siempre el mortal y venenoso virus del SIDA, virus que de inmediato empecé a portar, y hoy después de ocho años me doy cuenta de que lo contraje, porque tuve que donar sangre a mi gran amigo Jaimito, a quien le dio por aprender a manejar y se estrelló en el carro que habían comprado sus papás: un Twingo lo más de bonito, quedando él y su hermanita, que iba como copilota, malheridos. Necesitaron una transfusión urgente y, como una predicción funesta del destino, al primero que localizaron fue a mí, sólo yo tenía en esos momentos (sus padres estaban de segunda luna de miel en Cartagena) el tipo de sangre A+. Cuando le hicieron la transfusión a Jaimito, sus defensas se alteraron y las heridas no coagularon; examinaron la sangre y descubrieron que tenía el virus del SIDA, lo malo era que ya era demasiado tarde; Jaimito se murió la misma noche a causa de una anemia aguda, la hermanita alcanzó a ser reanimada con mi sangre; obviamente hoy se sabe que tiene SIDA y vive en un sitio especial para esos enfermos, y yo estoy con SIDA y escribo estas líneas desde la Cárcel Modelo, fui condenado por intento de homicidio en primer grado, nadie me creyó que yo no sabía, tal vez usted dirá lo mismo, que quién sabe lo promiscuo que yo era, y quién sabe quién me pegó el virus; ahora yo le digo que fue tal cual como se lo he contado, aquel día en que no dije nada cuando sabía que la enfermera no había esterilizado los instrumentos para extraerme la muela; además soy virgen, nunca he tenido contacto directo con una mujer, ni el dinero suficiente para comprar los favores sexuales de alguna otra, curiosamente hoy que llevo apenas tres días en la cárcel perdí mi virginidad anal, sí, me violaron dos veces, dos tipos diferentes. En media hora, cuando nos dejen salir a tomar el sol, pienso decirles que soy portador del virus del SIDA, a ver si me matan de una vez y acaban rápidamente con este dolor infinito del alma, con este remordimiento tan pestífero y nauseabundo que circunda mi microcosmos.










LA CLASE DE INGLÉS


No olvidaré aquellas clases en las que la sargento mayor comenzaba su cátedra del idioma inglés hablándolo de manera fluida y tarareando palabras que para el resto del pelotón nos eran totalmente desconocidas. Se nos parecía a una máquina repetidora emitiendo coordenadas e instrucciones sobre el modo de ataque a cualquier objetivo militar.
Así podría describir mis clases de inglés al inicio del bachillerato. Las palabras de aquella profe eran como sentencias máximas propias de una sargento mayor del ejército alemán en fervor de plena segunda guerra mundial. Sus alumnos no se podían mover porque sería una falta gravísima, mucho menos podríamos hablar, peor era susurrar.
En ocasiones sus regaños eran como misiles inteligentes dirigidos a 31 alumnos que parecían más que estudiantes el blanco perfecto: totalmente inermes y llenos de pavor y, lo peor, estábamos completamente perdidos y rodeados del enemigo que era solo uno(a).
Sus explicaciones eran brevísimas, lacónicas, y después de preguntar un trío de veces si habíamos entendido el tema, sus palabras subliminales surtían efecto en su mensaje y la respuesta era, sí, sí entendimos; entonces era cuando la sargento mayor del ejército alemán aplicaba los ataques más brutales que dejaban mayor número de bajas, ¿entendieron?, sí, ok, so, take out a piece of paper, please, take out a piece of paper please…, el pelotón entero oponía resistencia con sus mejores armas: alegar y gritar, pero fácilmente quedábamos desarmados frente a aquella sargento armada hasta los dientes, con su mirada fija y vidriosa y con su orden elevada a la n potencia take out a piece of paper please, con su vocecita toda gomelita y de mujer cansada, de mujer frustrada y sobre todo con vocecita de mujer taimada e hipócrita.
Luego del ataque (que no duraba más de cinco minutos) la sargento procedía de inmediato a realizar un balance general de las víctimas y del desastre. El paisaje no podría ser peor: de 31 soldados, había 29 bajas, sólo dos habían sobrevivido a la cruenta y repentina emboscada, pero estaban mal heridos, lo que casi completaba la dicha de la sargento, porque la sargento sólo saciaba su ira al tener al pelotón muerto en su totalidad. Pero lo peor era que estos dos soldados que habían logrado franquear el ataque engrosaban las filas del ejército de la sargento, eso sucedía después de un fuerte lavado de cerebro, en donde escuchaban los mejores halagos venidos de la comandante, llenos de bonitos adjetivos que parecían ser más que adjetivos armamento, munición y provisiones para que se unieran a la filosofía de aquella suboficial alemana.
Fue así como esta última pasó a ser su nueva estrategia. Ya no quería devastar ni arruinar más la mente de los estudiantes que ahora parecíamos más soldados estadounidenses capturados por el Vietcong; ahora ella lanzaba sus ataques de manera un poco más tenue, hasta que poco a poco nos reclutaba a todos, o a casi todos, que envueltos por el lavado cerebral de sus falaces adjetivos y después de absorber el suero de la verdad que eran sus interrogatorios, de los 31 soldados del pelotón ahora 28 habíamos engrosado las filas del nuevo ejército dirigido por la sargento alemana de la segunda guerra mundial.
Ya los 28 estudiantes rendíamos a su ritmo, no faltábamos con la tarea, así fuera copiada, o que estuviera mal, pero le dábamos la tarea sin ninguna objeción; ya los ataques repentinos que acostumbraba hacer después de sus escuetas explicaciones no eran problema, el pelotón aprendió a espiar a la perfección, la misión era para el quiz, nada más importaba, la nota lo era todo, ¡absolutamente todo!!!
Pero aún quedaban cuatro soldados por reclutar, cuatro soldados que aún no se habían rendido, y habían luchado todo el año contra el ejército comandado por la sargento mayor del ejército alemán. Esos cuatro alumnos nunca obedecieron sus reglas, qué digo reglas, sus caprichos, y lograron ganar la guerra porque al final del año eran rescatados por los países aliados (sus padres) quienes firmaban un tratado de paz con la sargento y lograban el indulto luego de aquella cruenta y salvaje corrida.
Lástima que yo nunca pertenecí a ese pelotón.









ESPEJITO, ESPEJITO
¿Qué pasaría si no me volviera a mirar en un espejo?, el mundo sería bien diferente para mí, y para los demás, ya me verían con otros ojos, algunos me tendrían más asco del acostumbrado; otros, tal vez me mirarían con agrado y se pondrían contentos de que por fin rompí el esquema de la vanidad y empecé a perseguir mi ideal, el ideal que muchos han buscado y nunca han encontrado, o sí lo han encontrado, pero no se lo han contado a nadie, porque la mayoría de las veces ese ideal está en lo que llaman dizque el otro mundo, la otra vida, el cielo, el infierno, o el purgatorio, en fin, ese ideal lo encuentran una vez han desencarnado.
Si yo no me volviera a mirar en un espejo no volvería a ver mis ojeras que ya parecen bolsillos, ya no volvería a ver mis lagañas, todas gigantescas, amarillas, y purulentas, ya no volvería a ver cómo tengo el cabello, tal vez grasoso, largo y enredado, pero conservando ese color amarillo que tanto me gusta y que conjugado con las lagañas malolientes y también amarillas harían una combinación perfecta. Si ya no me volviera a mirar en un espejo no sabría cómo me queda la ropa, si me combinan o me contrastan los colores de mis camisas con los pantalones y si hacen juego con mis tenis, ya no lo podría saber.
Si ya no me mirara en un espejo saldría contento y saludaría a toda la gente, porque estaría feliz, sí, feliz de que por dentro me siento bien y me siento bello, ya no me siento esquematizado, mi por la sociedad ni por nadie, estaría maravillosamente radiante y algunos les daría envidia, pero a otros les contagiaría mi felicidad y lo más seguro es que también hagan lo mismo, a Cañizales, a Lozano y a Bello, tal vez seguirían mi ejemplo y empezarían a perseguir el ideal que yo también persigo, y lo buscaríamos los cuatro juntos, caminando por ahí, sin mirarnos en el espejo, sin saber cómo tenemos el pelo, o si nos quedó alguna mancha junto a la boca después de haber almorzado, pero seríamos felices, libres, libres de no tener miedo a despeinarnos por el viento, libres de no tener que afeitarnos, porque si no nos miramos en el espejo ya no podríamos afeitarnos, ¿cómo?, nos cortaríamos, entonces nos crecería la barba, y nos veríamos degenerados, o nos veríamos como profetas, como profetas leprosos, tal vez la gente nos tendría miedo, y otros tal vez nos darían limosnas, y nosotros se las devolveríamos y los miraríamos mal. Pero, y entonces, ¿de qué viviríamos?, nuestras familias no nos entenderían, y nos mantendrían, y nosotros bien pobres, entonces tendríamos que afeitarnos, pero si nos afeitamos nos tenemos que mirar en un espejo, y si nos miramos en el espejo ya no estaríamos persiguiendo nuestro ideal, el ideal se marcharía, y nos dejaría botados, o, nosotros dejaríamos a nuestro ideal botado en la nada, sería una lástima, por no decir desgracia (y lo terminé diciendo).
Pero, todo sería fácil, si todos dejaran de mirarse en el espejo, s todos empezaran a buscar su ideal, y así todos nos entendiéramos mutuamente, o mejor, cada uno sería el espejo del otro, y cada uno acomodaría al otro a su manera, bien sea para burlarse, o para amarse mejor, y viviríamos bien, en paz, y contentos, no nos preocuparían los vientos que despeinen nuestros cabellos, las chicas afeitarían a sus parejas o si les gusta con barba, pues mejor; los que estemos solos, pues solos seguiremos, pero persiguiendo el ideal.
Pero, es ya se sabe que nunca va a suceder, qué tal, si nadie se mirara en un espejo ya no existirían los espejos, y los fantasmas y espíritus ya no tendrían la entrada y salida a este plano material, porque los espíritus entran y se van por los espejos, los espejos son puertas intradimensionales para las entidades paranormales, ahí también se ven reflejados. A Milena una vez le pasó, estaba sola en su cuarto y se fue a peinar, cuando se miró en el espejo vio claramente un espectro que se ubicaba detrás de ella, y vio claramente la forma de una cara, y un cuerpo vestido con un manto como negro, el espíritu le hizo una sonrisa y Milena se asustó, voltió a mirar hacia atrás pero no vio nada, voltió a mirar al espejo y ya no vio nada, soltó su peine y se fue corriendo al cuarto de sus padres, pero ni ellos ni nadie le creyó. Tarde se vinieron a enterar de que en esa casa mataron cruelmente al primer dueño, y que su espíritu sigue perenne allí; lo pudieron comprobar cuando vieron una foto del señor fallecido en un periódico de la época, como de 1955, cómo fue brutalmente asesinado, la noticia causó sensación en todo Bogotá, y la foto coincidía con la descripción que dio Milena de aquel espectro. Por eso Milena no se volvió a mirar en el espejo, porque le daba miedo que viera de nuevo esa cara tan espantosa, y como no se volvió a mirar en el espejo, todos la miraban mal, les daba asco ver su cabello enredado, su maquillaje corrido por toda la cara, sus ojeras tan grandes de tanto llorar porque nadie le creía. Sus padres la tuvieron que recluir en un hospital psiquiátrico, y ahora Milena está allí todavía, dicen que el próximo año le dan de alta, yo la voy a visitar cada mes, y está más bella que nunca, dice que no se volvió a mirar en el espejo y que todo es mejor así, pero nadie la entiende y me pregunta que si yo la entiendo, y yo le digo que sí, entonces ella me dice que no me cree, que yo le digo eso nada más por hacerla sentir bien, entonces me dice que si la comprendo, pues que yo también haga lo mismo, que si no lo hago quiere decir que no la entiendo y que no la quiero, y me aconseja que lo haga, que así podré encontrar mi ideal, y en esas quedamos.
Lo cierto es que a mí me da como miedo hacer lo que hizo Milena, no volverse a mirar en el espejo, que tal mis papás me encierren en un hospital psiquiátrico, me volvería más loco de lo que soy, pero ahí sí podría cumplir con mi ideal, pero no…, yo creo que los médicos al saber que voy a cumplir con mi ideal me colocarían espejos en todos lados, y todo para torturarme nada más, entonces mejor no. Seguiré mirándome en el espejo, y buscaré mi ideal de otra forma, así como todo el mundo lo hace, porque yo sé que todo el mundo quisiera dejar de mirarse en el espejo, pero todos somos cobardes y no podemos, pero Milena sí pudo, y cuando salga del hospital seguirá cumpliendo con la búsqueda de su ideal, y será feliz, y será más bonita que nunca, porque me pedirá que yo sea su espejo y yo la acomodaré como yo quiera y la veré tan linda, tan pulcra, y ella me dirá que si nos cuadramos, y yo le digo que bueno, entonces ella me dirá que si la acepto tengo que cumplir con buscar mi ideal, y por lo tanto dejar de mirarme en el espejo, y yo le diré que no, que no puedo, por culpa de los estereotipos que nos impone la suciedad, perdón la sociedad, y ella me dirá ah, entonces no, ya no lo quiero, buscaré mi ideal solita, y yo pondría cara de triste y ella me daría un besito en la mejilla y me diría que no sea bobito, que no haga esa cara, que ella me seguirá queriendo así yo no me deje de mirar en el espejo, que me comprende, y siempre me querrá, eso sí, sólo como un amigo, porque no pude superar la prueba de fuego y ganarme su amor, mejor dicho, porque soy cobarde.
Entonces, ¿qué pasaría si nos dejáramos de mirar en un espejo, ¿ah?, ¿ah?, ¿ah?... … … ¿ah?











El infame mundo de Jack




Estábamos totalmente rodeados; las fauces del enemigo se acercaban cada vez más y más; ya todo el pelotón estaba exhausto; pero nos resistíamos a creer lo que seguía a continuación: el cielo comenzó a exhalar algunas gotas de lluvia ácida, producto del Napalm que nosotros mismos habíamos regado la noche anterior. Curiosamente ésa fue en parte nuestra salvación.
Aquí en la selva las cosas son muy duras, una prueba de supervivencia es la rutina diaria, hay que armar el cambuche en un lugar diferente cada día, no sea que la guerrilla nos encuentre y secuestre; o en el mejor de los casos nos maten con dos tiros de gracia, uno en el entrecejo y otro en alguno de los dos oídos, para que escuchemos el ruido de su violencia, el odio de si fusil, la locura de su ideología.
Llevábamos seis días de patrullaje; la misión era encontrar al comandante de “x” columna guerrillera, vivo o muerto, no importaba, nosotros lo preferíamos bien muerto. Pero el comandante Jacobo Mares, alias Jack, nos encontró primero, y con toda su columna (éramos 17 en el pelotón de la doceava brigada que partió desde el corazón del Tolima hacia las selvas hostiles del alto y bajo Putumayo), contra 120 jóvenes, adultos, niños, niñas, mujeres, negros, blancos, indios, mestizos guerrilleros que de una u otra forma, para bien o para mal esperaban la orden de abrir fuego nutrido contra mi pelotón.
El viejo Jack era conocido por su ímpetu destructor y demencial, le gustaba demasiado secuestrar soldados, ojalá profesionales –voluntarios-, primero los amarraba sujetando las muñecas a la espalda, luego los sentaba en un taburete y los dejaba un buen rato allí, sin luz, sin aire, sin comida, en vilo total. A continuación empezaba su faena: encendía el bombillo que se desprendía desde el centro del techo, tomaba su G3, y a culatazos empezaba a golpearles la cara; después de reventarles los ojos y los labios, junto con su nariz, los dejaba despertar después de quedar inconscientes por algunos minutos, ahora se dispone a cachetearlos fuertemente para que se despabilen y vuelvan en sí, los insulta con una serie de improperios que no vale la pena nombrar en esta corta historia; continuaba luego con una seguidilla de golpes hepáticos, al mejor estilo de Mohammed Alí contra Sugar Ray Leonard, saltos de mariposa y golpes de rinoceronte, mirada de gacela y rectos de derecha directos al hígado; finiquitaba la apertura de su acto con varias patadas en las canillas. Los desamarraba.
Tomaba sus manos y empezaba a interrogarlos acerca del paradero del resto de la tropa, cuántos eran y qué armas tenían, pero los soldados fieles a su país no dijeron nada.
Una vez tenía sus manos, empezaba a introducirles alfileres por debajo de cada una de sus uñas, los pinchazos cada vez eran más fuertes, más bestiales, los soldados gritaban fuertemente con la esperanza de ser escuchados, y ser salvos, obviamente sabían que no había escapatoria, se acordaban de sus madres y de sus hermanos, de su infancia feliz y apacible, pobres pero felices; en cada pinchazo resonaban las voces resonaban las voces de mando emergentes de las lampiñas bocas de los cabos recién ascendidos; Jack les levantaba las uñas y dejaba sus dedos desnudos, plena carne viva y lacerada.
Si el soldado no hablaba (así era siempre), se procedía a hacer la otra parte de su cruel tortura: tomaba un cortaúñas, le daba la orden al soldado de desnudarse completamente, solicitaba ayuda de otros guerrilleros, para que sostuvieran el ya inválido cuerpo del humilde soldado raso. Lo levantaban y lo sentaban en una mesa grande, le habrían bien las piernas y le tapaban la boca para que sus gritos no estorbaran la ceremonia; Jack tomaba un cortaúñas y mordisco a mordisco iba desbastando milímetro a milímetro el escroto que envolvía las partes nobles de aquel incauto soldado que algún día resolvió entrar al Ejército Nacional con el ánimo de devengar algún dinero, mandarle a su mamá y a su familia, con el ánimo de servirle a su patria y vengar la muerte de su padre fusilado en frente de toda la familia, muerto injustamente, acusado por la guerrilla de ayudar a grupos paramilitares.
Luego de dejar sus testículos al descubierto, Jack solía terminar su penúltimo acto dándoles un solo patadón que los acababa de destrozar.
El muchacho ahora llora y se lamenta, no aguanta el dolor y parece que se va a desmayar, el color de su piel es roja en todo cuerpo, pero su cara está pálida cual vil lápida de cementerio maldito.
“Si hubiera hablado se hubiera salvado, gran pendejo, ¿pero si ve? Ustedes mismos se labran su destino, soldaditos, ja ja ja ja, ja ja ja ja…” Así hablaba Jack, con una voz aparentemente normal pero que significaba el mal, el terror, la injusticia, la lascivia, el desatino, el teatro del absurdo llevado a los más negros confines, La Divina Comedia vivida modernamente, pasando ahora por el octavo círculo.
Jack tomaba su fusil y le destrozaba la cabeza de un solo tiro dado a quemarropa, el muchacho aparentemente deja de sufrir, pero lo que Jack nunca supo (debido a su gran ignorancia) es que el cuerpo humano tiene tres horas de visión clínica después de haber desencarnado y el soldado siguió viendo lo que seguía a continuación, ¿por qué no le taparon los ojos? Ahora Jack toma un cuchillo Stanley y empieza a desmembrar su cuerpo de arriba hacia abajo, primero quita el brazo izquierdo, luego el derecho, baja haciendo una línea de sangre por el tronco y cercena su pierna derecha, le cuesta trabajo hacerlo, puesto que el soldado estaba bien ejercitado, acaba de desgarrar sus partes nobles y las lanza afuera, hacia donde están dos doberman hambrientos que al percibir el olor a sangre y carne fresca se quieren meter al cuarto de la celebración. Chasquean en sus mandíbulas los restos del soldado.
Jack observa erecto (sostenido en sus pies) el cuerpo del soldado, no, no el cuerpo, el tronco del soldado y se da cuenta de que hay algo mal, la mirada del soldado apunta hacia él, es una mirada torva, muy pero muy profunda, de lástima, de ironía, el soldado ha pasado a mejor vida y observa a Jack con lástima, no sabe lo que le espera.
Jack opta por darle un machetazo y cortarle la cabeza para no ver más esa horrible y profética mirada. “¡Échenselo a los perros!!!”, ordena Jack. “La cabeza quémenla o entiérrenla, no hay que dejar rastro”.
Jack nos tenía a todos, pero por cuestiones divinas, celestiales, asuntos extraterrenos, no se atrevía a dar la orden de disparar aún, estaba esperando algo, a alguien, alguna señal del infierno, ¿quién sabe? Nosotros, cansados y abatidos, casi entregados, no sabíamos qué hacer, Rojas y yo nos miramos fijamente y por cuestiones telepáticas sabíamos qué íbamos a hacer, el que primero levantó el fusil fue él, yo continué juntando mi espalda a la suya y ya queríamos terminar nuestro proveedor contra los malditos guerrilleros que quemaron la finca de mi papá, con todo el ganado y con toda mi familia, sin importarles nada ni nadie, ¡yo sólo quería vengarme, y en mis escasos dos meses de reclutado ya quería acabar con la guerrilla entera!!!
Rojas ya casi accionaba el gatillo, sería el suicidio colectivo, una locura, un solo disparo y ellos arremeterían violentamente contra nosotros, por nuestra culpa, por nuestro desespero; el capitán Hermosillo, cuyo apellido fue objeto de burlas y chistes debido al parecido de su nombre con el de los toros de lidia (Hermosillo gustaba de tener muchas mujeres, muchas): “¿Qué van a hacer gran maricas, ah? Bajen esos fusiles ya, pendejos de mierda, ¿qué es lo que quieren, ah?”.
En vista de que Rojas y yo no bajábamos los fusiles, Hermosillo sacó de su pantorrilla derecha una Pietro Veretta negra que había matado muchos insurgentes: “Si no bajan esos fusiles los primeros que se van al hueco son ustedes”. Colocó su pistola en la cabeza de Rojas y éste automáticamente bajó el fusil, se voltió y me miró. Vi la pistola que apuntaba mi cara y un cuerpo grande, mono, de dientes blancos y finos se acercaba hacia mí, diciéndome con la mirada que bajara el fusil ya. Hice lo mismo que Rojas (tímidamente).
La lluvia se hacía cada vez más fuerte, ¿por qué no disparan?, ¿por qué no dicen algo?, ahí están y nosotros no podemos disparar porque ellos nos triplican en número, sería como una pelea de tigre contra burro amarrado.
Tovar, que era el francotirador del pelotón, recibió órdenes secretas de Hermosillo, se trepó a un árbol de mango y con su rémington llegó hasta la copa, desde allí divisó al oponente, él me contó que había visto a Jack comiéndose las uñas, que no sabía qué hacer, que todos los guerrilleros estaban esperando la orden, pero él no se decidía, la mirada de Martínez había quedado pintada en su mente, esa mirada profética lo hacía pensar y pensar, y no se decidía a hacer algo, normalmente él ya habría fumigado a todo el pelotón, los habría rematado y habría tirado los cuerpos desnudos a algún pozo de caimanes y babillas. Pero ahora sentía un miedo intenso, un miedo a la justicia divina, ¿era posible que creyera en Dios?, ¿era factible que tuviera alguna concepción religiosa?, ¿tendría Jack miedo de ser juzgado por las leyes divinas?
Tovar apuntó hacia la humanidad de Jack y se preparó a seguir las instrucciones dadas en secreto por Hermosillo; de un momento a otro escuchamos un pequeño ¡piug!, era la bala que salía ondulatoriamente proveniente de las estrías del Remington de Tovar que callado por el silenciador emitió el proyectil que llegó directo al corazón de Jack, le hizo dar media vuelta y mansamente cayó en la hierba despertando a dos guerrilleros que estaban junto a él. “¡Lo mataron, lo mataron!!!, gritaron. ¡Y empieza esa balacera!!!
Como pudimos nos defendimos, a Dios gracias había ingresado a la mejor brigada que tenía el país y fuimos liquidando uno a uno a los guerrilleros, de nosotros sólo tres bajas, murieron por de malas, estaban en el frente de batalla y era casi ineludible escaparle a la muerte en esas condiciones.
El avión fantasma se hizo presente, nos había detectado desde hacía media hora y estaba desinfectando la selva de esos 170 guerrilleros de los cuales sólo quedan unos 80, pues nuestras balas habían eliminado el resto.
A mí me dieron un tiro en la pierna izquierda, rompió el ligamento cruzado anterior, nada grave, sólo un año de incapacidad y el riesgo de ser dado de baja por inhabilidad, pero tengo fe en que me recuperaré y seguiré exterminando, matando, patrullando, disparando, gritando, cansando, pensando, entrenando, hablando y escribiendo… … …















¿…AMOR…Y… AMISTAD…?




Es que es muy verraco enamorarse uno de la mejor amiga, hermano, eso sí es muy tenaz, tenerla al lado, haciéndole risitas, hablando bien sabroso, mirándola directamente a los ojos, sentirle el aliento, la respiración, saliendo a todos lados, pero a la final nada, grave, pailas, no le dan ni la hora.
Yo siempre estuve enamorado de Hola Niños, a pesar de que cuando la conocí hasta mal me caía, quién iba a pensar que después ya no iba a poder vivir igual por estar pensando en ella, hubo un tiempo que estuve más tragado que calzoncillo de ciclista, hermano, seguro, esa vieja me gustaba mucho, mejor dicho, pa qué nos engañamos, todavía me gusta, lo que pasa es que ahora soy más consciente de las cosas, ya estoy más resignado, resignado a que nunca podré tenerla, y a pesar de que insista e insista, de cualquier forma ella nunca me va a ver a mí como novio, ni nada por el estilo, ella siempre me va a ver como el amiguito, siempre me va a querer, pero como aquel que quiere a su mascota, mas nunca como hombre, como pareja, como yo quisiera; pero ojo, aclaro que yo no le estoy echando el agua sucia a Hola Niños, todo lo contrario, ella tiene absoluto derecho de verme a mí solamente como un amigo, es normal, y el hecho de que ella no me pare bolas no quiere decir que ya no la quiero o algo así, no para nada, ¿qué culpa tiene ella si no gusta de mí?, ¿sí o no hermano?. Por eso entonces yo resolví amarla en silencio, y la amé en silencio quién sabe cuánto tiempo, lo que sé es que fue bastante tiempo, bastante (para mí).
A Hola Niños la conocí cuando entré a la universidad, en esa época yo estaba recién salidito de pagar servicio militar, porque yo pagué servicio militar, hermano, estuve en la policía, sí de chúcaro, de aguacate, de tombo, como sea, de cualquier modo preferiría que me dijera auxiliar bachiller, o bueno, como quiera hermano, total, eso qué importa, sí o no, pero bueno, eso sería historia para otro cuento; le venía contando que conocí a Hola Niños cuando entré a la universidad, yo tenía diecisiete añitos, ya casi cumplía los dieciocho. La primera vez que vi a Hola Niños me gustó de una, me gustó físicamente, estaba con un busito ceñido al cuerpo de rayitas blancas, y el fondo era como curaba, o café, o algo así, ya no me acuerdo, sólo me acuerdo de las rayitas blancas de su busito ceñido al cuerpo, creo que tenía un jean de esos importados, que son costosos, viejo, yo sólo he tenido un solo jean de esos onerosos, lo compré en Medellín, mejor, me lo compró mi papá allá en Medellín, más exactamente en Itagüí, costó $7.000, se lo juro hermano, déjeme explicarle, el jean era de esa marca Diesel, del original hermano, que sí, original y $7.000, hombre, que me deje yo le explico, vea, entramos a un almacén de esos para mayoristas y sólo vendían ropa de marca, jeans de marca, pero la mayoría eran saldos, ¿sí sabe qué son saldos loco?, vea, saldos es lo mismo que imperfectos, por eso es que un verraco jean de esos cuesta tanta plata hermano, porque tiene que estar perfecto para salir a la venta, en cambio los jeans de los que le estoy hablando tenían pequeñas imperfecciones, y por esas pequeñas imperfecciones no pasaban el control de calidad y no se podían vender en las boutiques, y esos almacenes para la gente del norte, la gente que sí tiene plata hasta para limpiarse el trasero con los billetes de $50.000, y yo vi el jean color azulito normal y me gustó de una, además el precio, $7.000, a comparación del mismo jean sin ningún imperfecto y en una boutique o en San Andresito costaba de 60.000 a 75.000 pesos, me imagino que tú sí has tenido varios de esos, bacano viejo, bacano.
Hola Niños tenía un jean de esos, también ceñido al cuerpo, ahh, se veía tan linda, no me provocaba nada de morbo ni nada de eso, que a veces las viejas le producen a uno mano, usted me entiende y sabe más que yo, bueno, el punto es que cuando yo la vi me dio la impresión de que era una pelada madura, como gomela y bien seria, de esas que no cogen confianza con cualquiera, ni hablan con nadie así de buenas a primeras, y yo me las pillé de que estaba en la misma facultad a la que yo iba a entrar, y como los primeros días de estudio uno está todo solo en la semana de inducción, hasta que la vi de nuevo, y a pesar de mi profunda timidez, y a pesar de que yo tenía novia y me gustaba ser fiel y llegué a pensar que de pronto saliera algo con la pelada, no me importaba, y me le medí a hablarle, pero pailas hermano, salí mal librado de esa batalla: “Hola qué tal, tú también vas para el segundo piso, ¿cierto?, ¿adonde vamos a ir todos los de primer semestre, cierto? Sí, yo voy para allá, que si te puedo acompañar, ¿te molesta?” absolutamente seria, me medio miró de reojo y le bastó para darse cuenta de que yo no era más que un peladito tratando de entrarle y entonces me habló de manera muy sardónica e indiferente. “La verdad es que, es que, es que…am, am…eh…eh…eh…humm…humm, nooo…, voy a entrar a la cafetería y estoy un poco de afán”. Eso fue lo que me dijo, y yo ¡ah!, ¡qué pena!!!, pues claro, sigue, y entonces me dio la impresión de que era una pelada creída, y bien madura, tanto como para demostrarme con una simple mirada que yo no era sino un mocoso que, ¿qué hacía?, dizque tratando de caerle, yo un peladito de diecisiete a una mujer de veinte o veintiuno (ya no me acuerdo cuántos años tenía ella en ese tiempo, pero como dice el Chapulín, ésa es la idea). Entonces me cayó mal Hola Niños, y me empecé a hablar con un man ahí, también primíparo, hoy en día le decimos Merani, por lo de aquel instituto para niños excepcionales (genios), el Instituto Alberto Merani, y el pelado es bien pilo, para qué, a veces como amargado, no le gustan los chistes de Sorín, ni los míos, entonces a Sorín y a mí nos da mal genio y le ponemos Merani en quinto semestre y así quedó para siempre.
Merani se hablaba con Hola Niños, y en la primera semana, la de inducción, siempre la esperaba para irse juntos (yo no sabía). Una noche le dije a Merani: “¿Entonces qué, nos vamos?, ya está tarde, y esa 10ª es peligrosa a esta hora (9:30 p.m., jornada nocturna)”. Él me respondió: “Shi, shi, shi, espere que estoy esperando a una pelada”, y yo: “¡Huy, ya está atacando hermano, ¿usted si no pierde el tiempo no?”, en esas llegó la pelada y le dijo: “Listo, vamos”. La pelada no era nadie más ni nadie menos que Hola Niños, con su vocecita tan linda, tan suave, tan tierna, tan madura, tan intelectual, tan sexy, tan de todo, y yo le dije a Merani disimuladamente que qué vieja tan fea, y tan creída, que qué hacía esperando a ese gurre, que camine más bien rápido, y él se quedaba mirándome y se reía y me decía que no, que fresco, que bajáramos todos los tres, que qué embarrada con la pelada, pobrecita, ya son las diez y esa 10ª es peligrosa, entonces yo, bueno, pues camine. Eso sí, yo siempre he sido muy radical en mis cosas, y desde que terminé con Alexandra el ser radical me ha servido resto, empezando porque me sirvió para salvar mi vida o de vivir en un manicomio o en el cartucho, porque Alexandra ha sido casi la única pelada que se fijó en mí sin importarle que fuera pequeño, feíto y lleno de barros (bueno, ya al menos casi no tengo acné), y en cambio ella, de un metro con setenta y tres centímetros de curvas peligrosas, de piel blanca, limpia, tersa, de dos piernas largas y bien formadas, de retaguardia sencillamente espectacular, y de delantera que, mejor dicho, ni pa qué recordar eso, hermano, no sea que de pronto me dé otra vez la depre por la vieja Alexandra, ella se fijó en mí sin importarle las críticas de todo el mundo, pero qué embarrada que al final me engañó tan horrible, loco, después le cuento hermano, es una larga historia. Pero como el ser radical me ha servido desde que terminé con Alexandra, no quise volver a tratar con Hola Niños desde el día ése que intenté hablarle y me sacó de taquito, quedé ardido, y como casi no puedo ser hipócrita, pues casi no le hablaba hasta en tercer semestre, que fue cuando me enamoré de ella en una fiesta relámpago que nos inventamos Dieguncho Perruncho, Sorín, Adela y yo. Resolvimos irnos donde Adela a hacer un toque que no pudimos hacer en la universidad, y después de tener todos los equipos, guitarras, batería lista, y para no quedar tan derrotados nos fuimos donde Adela a hacer el toque allí y de paso pues armar la parranda.
Empezamos primer semestre y Hola Niños estaba allí, a mí se me pasó el gusto por ella, y ya, nunca le hablaba, sólo cuando nos ponían a hacer trabajos en parejas y que se inventaban esa dinámica para integrar a la gente y enumeran a todos, y que después unos con unos, dos con dos, tres con tres, así, entonces me tocó con Hola Niños dos veces, y las dos veces yo traté de ser lo mejor persona posible, hermano seguro, y eso que cuando eso no me gustaba ni nada, simplemente yo soy así, quería congeniar con ella, porque al fin de cuentas ya me caía bien la pelada, pero cuando tocó hacernos a los dos, las preguntas de los trabajos eran siempre las mismas que qué piensa de su compañero, que si le cayó bien, y todas esas pendejadas que suelen preguntar en los dos primeros semestres, y Hola Niños me decía que yo le parecía un muchacho muy rebelde, que siempre iba en contra de las normas, y que nunca quería hacer lo que la mayoría de la gente quería, fue totalmente sincera (aunque no sé si tenía razón), eso me gustó resto, aunque uno de los defectos que tenía Hola Niños es que por ser ten sincera no sabía decir las cosas de manera adecuada y a veces hería a la gente, a mí me hirió muchas veces, pero nunca me importó, siempre hice caso omiso cuando ella me trataba como mal, y todo porque estaba tragado de ella, ¿qué vaina, no hermano?, pero bueno, la vida sigue.
En cambio a Sorín sí le gustaba Hola Niños desde primer semestre, y siempre que ella llegaba al salón, Sorín me decía que tan bonita esa pelada, que tan divina, que quería caerle, pero que le daba pena (la verdad nunca llegué a pensar que Hola Niños se llegara a cuadrar a Sorín, así es la vida, ¿no?), y nunca le habló, hasta que Hola Niños y Yo empezamos a congeniar en tercer semestre y por ende Sorín (que nos la pasamos juntos) también se empezó a hablar con ella, pero él siempre me dijo que así tuviera la oportunidad de cuadrarse a Hola Niños, que no lo haría, porque sabía que era yo el que gustaba de ella, pero ¡qué!!!, Hola Niños se lo cuadró de una, eso sí el man es una elegancia, aceptó y todo, pero se sentía mal por mí, y ella también un poquito, y entonces se veían a escondidas mías, que yo no me diera cuenta porque qué embarrada, pobrecito el pelao, mejor que no se dé cuenta, y eso sí me dolió que me trataran del tonto de la película, entonces tocó hablar claro con el viejo Sorín, y decirle que fresco, que siguiera, que todo bien, que no había problema, que la vieja fue la que se lo cuadró, que le hiciera de una, pero eso sí que no se escondieran de mí, que eso sí me daba piedra, entonces ahí como que siguieron en su cuento y así pasaron hartos meses.
La fiesta que hicimos donde la gorda Adela (una pelada alta, gordita, de cara bonita, ¡y de voz de mexicana mano!!!, buena gente, y vivía con su mamá porque estaba divorciada de su papá) resultó ser la antesala de una bonita relación de amistad entre Hola Niños y yo. Ese día teníamos un toque para la materia de lingüística con un profesor que era o es recuchilla, hermano, bueno, el cuento es que duramos ensayando unas canciones con Dieguncho Perruncho (un gordo, de estatura media alta, con aliento del demonio que daban ganas de hablarle sólo por teléfono, no sé cómo diablos hizo para casarse y tener un hijo, y Sorín y yo le decimos Dieguncho Perruncho, porque siempre saludaba al Sorín de esa manera “quiubo Dieguncho Perruncho”, porque el Sorín era bien perro, eso sí pa qué hombre, al man le caían las viejas y él que va a desaprovechar las oportunidades, sí o no loco, Dieguncho Perruncho también tiene ojos verdes y pequeños y es de tez como morena, o no, mejor de tez blanca pero amoratada, como rojiza, ¡ah!, es que no sé decirle bien hermano, qué pena con usted, pero como dice el Chapulín, esa es la idea), con Sorín (ese man es una elegancia, es bajito de pelo relargo, bacano, de ojos negros y grandes, y bien cejón, lo que más llamaba la atención de las viejas, el man es pinta y por eso le caen las viejas, también en bien pilo, duro pa’l inglés y pa lo que le pongan, a ese no le queda grande nada, aunque es a veces como demasiado pasivo, consigue las cosas más por persuasión que por fuerza, ¡ah!, ese man es una elegancia, un amigazo) y yo. Estuvimos ensayando un par de semanas, y cuando llegamos a tocar, los directivos de la universidad no dejaron, que porque hacían mucho ruido, que había unas graduaciones y entonces que molestábamos mucho, en fin, pailas, quedamos como el ternero recién nacido, eso, usted lo dijo hermano; y entonces fue cuando resolvimos ir a la casa de Adela para tocar y no quedarnos con la espinita y de paso formar el foforro; ese día la única que no pudo ir a la fiesta fue Marce porque había concierto de Kraken y a esa vieja le encanta Kraken, y su novio, el viejo masa pan (el lector se imaginará a la mascotica, el osito ese emblema de industrias mazapán) les compró boletas a Marce, a la hermana, y para él, obviamente, por eso Marce no pudo ir a la fiesta.
Cuando llegamos a la fiesta, después de que tocamos un rato, empezó la juerga hermano, y todos empezaron a bailar, y yo, como no sé bailar, y como dice el llanero: “el que no baila se sienta, el que no va a misa peca”, pues entonces me senté, de vez en cuando me paraba y me iba al baño a verme en el espejo a ver cómo tenía el pelo, porque a mí siempre me ha gustado tener el pelo largo, y como había salido de pagar el servicio militar, hasta ahora me estaba creciendo, y más encima mi cabello es bien ondulado, tirando a ser crespo, pues no se veía nada largo, y yo con una camiseta de Nirvana que me regaló Alexandra, todavía la tengo, y con unas botas triple suela que me hacían ver más alto, porque bien chaparro sí soy, hermano. Cuando de repente pasó lo que nunca pensé que fuera a pasar: la pelada esa madura, creída, bonita y distante a la que le digo Hola Niños, me dice con esa voz tan linda, tan tierna, tan madura, tan interesante, tan sexy, tan de todo, que si vamos a bailar, y yo que sin saber bailar le digo todo nervioso, porque en ese instante en el que ella me dice que si bailamos yo había quedado enamorado de ella, y yo todo nervioso le digo que no, que yo no sé bailar, que qué pena, y mientras le decía todo eso ella ya me estaba cogiendo, ya yo ya estaba dando vueltas como un zoquete, embarrada, que no me acuerdo qué canción fue la que bailamos o las que bailamos, porque danzamos como tres o cuatro piezas, pero de fijo fue puro chucu, chucu, la música pa’ recochar, pa’ fandanguear.
Después de que “oficialmente” terminó la fiesta, todos nos sentamos y empezamos a echar chistes y a hablar, pero la música seguía sonando, ahora sí me acuerdo cuál canción estaba sonando cuando le pregunté a Hola Niños que si era celosa, porque yo ya estaba celoso de pensar que ella pudiera estar con otro, la canción era Gitana, la de Willie Colón, esa que dice que “siento celos del propio viento que acaricia tu piel y del peinecito que a ti te peina”, o algo así, en todo caso quedé ya enamorado de Hola Niños. Quedé enamorado de esa vocecita tierna, de niñita de nueve años, pero a la vez era una voz de mujer divina, de deidad terrenal que vino a provocar en mí los más altos delirios de ese sentimiento maligno, pero que todos sentimos alguna vez en nuestra existencia, de ese sentimiento que nos hace cometer imbecilidades, de ese sentimiento que nos hace soportar crueles torturas, de ese sentimiento por el que quedamos embelesados, ciegos, aturdidos, de ese sentimiento que nos deja caminando como zombis de sólo pensar en la deidad que nos prendó, de ese sentimiento que hace que vivamos con cariño en esta vida, de ese sentimiento al que algunos le llaman amor, y lo que yo sentí por Hola Niños fue puro y físico amor, ¿o sería amistad?, una amistad bien profunda que yo malinterpreté, y pensé que estaba enamorado, puede ser ¿no?, pero no, no creo, repito que sí me enamoré de Hola Niños, sí, sí, no hay duda, mi hermano. Sólo cuando uno está enamorado y no es correspondido pero sigue enamorado, amando en silencio a aquella deidad, solo así uno puede soportar que la pelada tenga novio, que le haga desplantes, que se cuadre con su mejor amigo a pesar de que éste ya también tenga novia, y a pesar de que ella misma también tenga novio, a pesar de que usted haya hecho todo lo imposible por conquistarla, halagarla, escucharla, comprenderla, aconsejarla, etc, pero no, nada de eso sirvió para atraerla, pero aún así usted sigue al lado de ella, esperando que de pronto algún día se le dé el milagrito, sólo cuando usted está enamorado es que soporta todo eso, y mucho, muchísimo más, por eso es que yo digo, sí, me enamoré de Hola Niños, espero que me crea, hermano, yo creo que hasta usted mismo también le ha pasado lo mismo, siendo así podemos congeniar mejor, qué tal acompañados de una buena Club Colombia fría y bien seca, ¿qué dice, ah?
Luego de la fiesta ya empecé a relacionarme más con Hola Niños, y entablamos una buena amistad, amistad que aún persiste, así yo siga enamorado de ella y así ella no me bote ni la hora, pero bueno, tal vez sea mejor así, tal vez Hola Niños tenga razón y sea mejor estar así, de amigos, siendo amigos no peleamos, casi no me dan celos, no tenemos que estar pensando en qué estará pensando el otro, no pelearíamos porque no me llamó o porque llegó tarde a la cita, etc; en cambio así de amigos todo se tolera, no hay problemas, no hay peleas, casi no hay celos (aunque yo estaré siempre celoso de que Hola Niños se meta con alguien, sea quien sea, otra cosa es ser resignado), en fin, el balance es positivo, pero no le niego hermano que no hay como uno coger a su pelada, acariciarla, besarla, decirle cositas en el oído y verle la cara así sonriente, y arrugando los ojos porque mis palabras en su oído le causan escalofríos placenteros.
Es que enamorarse de la mejor amiga es muy verraco, hermano, estar uno al lado de ella en el cinema, viendo cualquier película y que llegue algún momento de esos aburridores y a uno le dan ganas de recostársele en el hombro o de que ella sea la que se recueste, de tomarle su cara con la mano izquierda (si usted está a la derecha de ella claro), de voltearle la cara hacia la suya y besarla por unos 30 o 50 segundos, ¡ah!, qué puede haber mejor que eso, hermano, para mí nada, no sé para usted; pero no, no se puede hacer nada, con Hola Niños nunca he tenido mayor acercamiento, desde hace poco, después de casi dos años de amistad, es que nos saludamos y nos despedimos de beso en la mejilla, antes no, aunque yo lo intentaba, ella no lo permitía, tal vez le daba asco, quién sabe, pero ahora sí, hasta ella misma toma la iniciativa.
Con Hola Niños nunca ha pasado nada, pero alguna gente siempre se inventa chismes, y como siempre nos veían juntos, porque yo me la pasaba con Hola Niños en la universidad, y nos íbamos juntos por la noche y la acompañaba a su casa, entonces alguien por ahí se inventó que dizque nos habían visto besándonos en la buseta, pero eso nunca fue verdad, ojalá así hubiera sido, pero no, ¡qué va!, eso es puro cuento, es más, estoy seguro de que ese chisme se lo inventaron para constatar que Sorín gustaba de ella (ese man como siempre ha sido tan tapado, no le cuenta nada a nadie), entonces Adela se inventó eso para ver qué cara hacía el Sorín y sólo así Adela comprobaría sus sospechas y creo que lo logró.
Aquí hay algo que siempre me pregunté: yo no sé porqué diablos el novio de Hola Niños, el pelmazo ese, todo grande y viejo (viejo para Hola Niños), ese man tenía como 34 o 35 años cuando estaba con Hola Niños, es decir, le llevaba más de diez o doce años, imagínese hermano, ¿qué diferencia no?, en todo caso yo no sé por qué diablos Hola Niños estaba tan tragada de ese inútil, yo creo que en alguna vida pasada Hola Niños fue un hombre bien embarrada con alguna mujer, y le tocó pagar en esta vida su karma con ese pelmazo, sí, yo sí creo, pues es la única explicación lógica a que Hola Niños estuviera tan tragada de ese man que sólo hacía indisponerla; la engañaba, le mentía, la dejaba plantada, ya tenía una criatura con otra vieja, pero a Hola Niños no le importaba, estaba locamente enamorada del pelmazo, así como yo estuve enamorado de Alexandra: mientras yo hacía flexiones de pecho en la policía, ella hacía flexiones de “picha” con sus amantes, mientras yo me la pasaba solo en las horas de guardia, allá debajo del puente de la 26 con 7ª, ella estaba de seguro en su colegio con Daniel o con Munar, o tal vez con Alex (un man que había entrado nuevo a once grado y tenía harta plata), o tal vez con todos a la vez, haciendo una orgía de amor, una orgía de engaño y de desgracia, una orgía de desconsuelo y desprecio, una orgía de pasión y de maldad, todo mientras yo no hacía sino pensar en ella, y en cómo hacer para darle su regalo de cumpleaños, porque para más piedra la infeliz cumple años cerquita al 24 de diciembre, es decir, tocaba darle doble regalo, y yo sin un peso, pero del sueldo que me llegaba al final de mes yo siempre hacía severo esfuerzo y le daba buenos detallitos pa qué, y todo para nada, para que me engañara con Munar, con Daniel, con Andrés, con Yesid (un peladito de seis años), con el negro y otros dos manes que yo no me acuerdo el verraco nombre, y con César, un man alto, flaco, de espalda ancha, de presencia, pero con una cara de idiota que no puede con ella, y entonces yo no comprendo: se supone que uno engaña a la pareja porque la otra persona es mejor que la que tiene, y si esa persona es más bajita que usted, más pequeña, más fea, más ignorante, ¿qué pasa?, pues para mí sólo hay dos posibles explicaciones: una, o es que la pelada es corrida de la teja y le tira a todo lo que se mueva, o dos, si la pelada encuentra en cada uno de esos manes alguien y algo mejor que usted, entonces usted es una porquería en toda la expresión de la palabra, o tal vez una tercera: es que usted esté muy, muy pero muy de malas.
Y así como yo estaba enamorado de Alexandra, Hola Niños estaba enamorada del pelmazo, y siempre me contaba todo lo que pasaba con él, todo lo que hacía, y yo aún no comprendo por qué diablos ese pendejo la trataba así, si Hola Niños es una deidad en todo el sentido de la expresión, bonita, de buenos sentimientos, inteligente, trabajadora, qué más quiere uno, pero no, ese man la trataba como quería, y ella ahí loquita por él, y yo loquito por Hola Niños, y así es la vida, y yo sigo con mi relato. Con Hola Niños íbamos bastante a cine, salíamos a caminar los sábados en la mañana después de clase. Con Hola Niños fue con la primera persona que entré a una bar, a un bar de rock, porque yo nunca he entrado, ni entraré a un bar de salsa y merengue, ¡jamás!, entré con Hola Niños a un bar de rock llamado Paranoia, por allá por la primero de mayo, por los lados de Plaza de Las Américas, ese día entramos después de que salimos de cine, y nos fuimos caminando pero ninguno de los dos quería llegar temprano a la casa, y de repente un sujeto de esos que viven regalando papelitos publicitarios en las calles me dio uno que decía: “Paranoia Bar-Rock, a una cuadra de Plaza de Las Américas, no cover”, y entonces le dije a Hola Niños que si entrábamos y ella me dijo que listo, con esa vocecita tan linda, tan tierna, que hace enamorar a cualquiera, con esa vocecita con las que leía las lecciones de inglés en la universidad, con esa vocecita triste con la que me contaba las desolaciones vividas con el pelmazo, con esa vocecita con la que me contaba que Sorín le gustaba harto, con esa vocecita con la que me dijo un día que sí quería tener algo conmigo, pero que quería estar segura de sus sentimientos, que quería estar completamente segura de ella, que de mí no, que por mi parte ella estaba más que segura, que no me quería hacer daño, pero que yo sí le gustaba mucho, que se sentía feliz de que yo le dijera todo esas cosa bonitas que yo le decía, que le gustaba que yo estuviera al lado de ella, pero que entonces me esperara unos diítas para darme el definitivo veredicto. Yo de antemano me alegré más que marrano estrenando lazo, y casi ni dormí de la felicidad porque al fin iba a tener lo que más quería en la vida, a la niña más linda que había conocido y por fin ella me correspondía; pero en el fondo algo me decía que mejor me bajara de esa nube, que no me alegrara de a mucho, que tanta dicha no podía ser verdad, que me cuidara, y preciso así fue. Cuando ella me dijo todo eso era un viernes, al día siguiente, sábado, la llamé por la noche para saludarla y cuando me contestó le noté en su tono de “!ah!, hola”, que ya no me quería, que se arrepentía de todo lo que me había dicho, porque era un tono lúgubre, y de compunción, y efectivamente el domingo me llamó y me dijo que estaba muy confundida, que el pelmazo la estaba llamando y la estaba convenciendo de volver con él, y que más encima Sorín también la estaba molestando de nuevo, y me dio a entender que para colmo de males yo también estaba ahí de sapo, me dijo que tenía ganas de salir corriendo y dejar todo botado, y entonces ahí descubrí que ya todo se había desvanecido; entonces vino lo peor: me dijo que me olvidara de todo lo que me había dicho el viernes, que qué pena que me hubiera dicho todo eso, “yo no sé por qué lo hice, en todo caso olvídese de eso, ME ARREPIENTO DE HABERLE DICHO TODO LO QUE LE DIJE” (de que le gustaban mis palabras de halago, que se sentía querida y atraída, que sería feliz estando conmigo…), y entonces yo le dije que fresca, que tranquila, que si era para problemas yo no quería ser la piedra en el zapato para ella, que dejáramos así, mejor era seguir siendo amigos y colgamos. En eso me sentí me sentí otra vez el hombre más imbécil del mundo, me ilusioné tontamente sabiendo que eso podía pasar, pero ¿sabe loco?, no me arrepiento, es muy bacano para mí sentir esas maripositas amarillas rondándole a uno el estómago, estar enamorado a la final es chévere, se siente rico, es como estar borracho, mientras uno está borracho hace lo que no hace cuando está en sano juicio, todo le da vueltas y está lleno de maripositas amarillas por todo el cuerpo, y ama a todo el mundo, y llora de felicidad, pero cuando le pasa la borrachera viene el guayabo y ese dolor de cabeza tan insoportable, y no soporta que le alcen la voz y entonces dice que no se vuelve a emborrachar por nada del mundo en la vida, pero a los ocho días vuelve y juega, el mareo, las maripositas amarillas en la cabeza, en el estómago, en el corazón, en los pulmones, sobre todo maripositas amarillas en el alma, en el espíritu, y después el guayabo, que vendría a ser cuando lo engañan a usted, o cuando usted se desilusiona, o como me pasó a mí, lo des-ilusionan cruelmente y todo se acaba en un vómito espeso y nauseabundo, un vómito entre rojizo y blanco, pero el amarillo predomina, y esa sensación tan asquerosa de culpabilidad, pero después todo pasa, y al tiempo otra vez hermano, ¡hágale!!!
Entonces entramos al bar rock ese llamado Paranoia, pusieron buena música: los gunners, metallica, nirvana, su grupo preferido radio head, también sepultura, the cure y otra mano de grupos; entonces nos fuimos y resolvimos frecuentar el bar más seguido, para exorcizar nuestros demonios con la música, y con la cerveza y yo con mis tabacos que me gustaban tanto. Adquirí la maña de fumar cuando Alexandra me dejó, aprendí a fumar, a tomar y a meter cuando Alexandra me dejó; pero ahora sólo fumo, y eso de vez en cuando, ya no tomo porque una vez me vomité en la buseta, y como estaba vestido de negro, y empecé a gemir de la maluquera, la gente se asustó y les dio asco de mí, a otros les daría lástima, y me dio asco de mí mismo, me dio repugnancia de mí mismo, de verme en esa molesta situación: todo vomitado oliendo a cigarrillo, y a alcohol, ¡qué porquería!!! Entonces no volví a tomar, ni a meter.
Y seguimos yendo a Paranoia seguido, hasta que una vez a un par de viejas se les dio por bailar encima de las mesas y coquetearle a todos los manes, por marraneárselos, y me dio aversión ver ese cuadro y para colmo de males encima de Hola Niños y de mí había una gotera que no fue arreglada por el dueño de ese chuzo, y nosotros, que éramos asiduos visitantes de ese bar, resolvimos nunca más volver, porque para colmo de males la música ya era pésima.
Y así seguíamos con Hola Niños, yendo a cine, una vez fuimos a teatro, escuchando cuenteros en la Plaza de Lourdes, pero como ahora ya no dejan hacer nada en esa plaza, quién sabe para dónde se fueron los cuenteros, y seguimos con Hola Niños de amigos, ya estoy resignado, es mejor dejar a la pelada tranquila, yo creo que ella dirá para sí que qué mamera ese pelao echándome los perros a cada rato, entonces ya decidí que ya no la molesto más, así como lo hice hace tiempo cuando me metí con Yolis, con Marce y con cornetín, ya la había olvidado del todo, y era feliz, pero ahí fue cuando ella me ilusionó y me dijo que se arrepentía, que estaba como loca y que quería salir corriendo y dejar todo botado, ahhh ya le conté eso, hermano qué pena, en fin, sí, ya decidí que no la molesto más, pero eso sí no niego que espero que de pronto algún día se haga el milagrito, ojalá no sea demasiado tarde, porque yo seguiré amando a Hola Niños en silencio, sin contárselo a nadie, la procesión va por dentro, porque es muy verraco enamorarse uno de la mejor amiga, hermano, eso sí es muy tenaz, tenerla al lado, haciéndole risitas, hablando bien sabroso, mirándola directamente a los ojos, sentirle el aliento, la respiración, saliendo a todos lados, pero a la final nada, grave, pailas, no le dan ni la hora… … …









UN MARLBORO POR FAVOR … ¡ROJO!


Ya no puedo recordar con aprecio y absoluta claridad aquellas estelas onduladas perfectamente, el olor a alquitrán de los viejos American Gold, el aroma fascinante y seductor de los Mustang rojos, el filtro suavecito de los nuevos Kool Light, el indiscutible sabor venezolano de los Belmont, el exquisito y medicinal verdor silvestre de los Green, la horrible sazón en los labios después de fumarse un Camel; la exquisita francesa fragancia y sensación fina al devorar un Ives Saint Laurent; y tampoco sentiré de nuevo el placer absorbente que se vive cuando me fumaba un Marlboro rojo, ¿habría en mi vida cosa más placentera? El fumar un Marlboro rojo era tener la gloria de la vida en mis labios, era saborear a Norteamérica entrando por la cavidad bucal y ronroneando la tráquea hasta llegar a esas dos pequeñas y arrugadas bolsas que ahora están negras y fétidas; alguna vez fueron bolsas fantásticas de hacer CO², y ponían mi cuerpo a volar como ninguno otro, ninguno me daba la pata en competencias, al correr no había quién me parara, al jugar fútbol no había quién me marcara, al jugar basketball no había quién me aguantara los saltos, en la pelea los alcanzaba y les metía la mano; esos viejos tiempos, viejos recuerdos que vienen a mi mente como películas de horror y que no me dejan cerrar los ojos para echarme en cara lo bien que se pasaba.
El primer tabaco que probé fue en la despedida de Once, aunque no sabía fumar, agoté dos cajetillas de Kool normal, ni una gota de humo pasó por mis pulmones. Cuando pagué servicio me tocó fumar, ¿qué más se hacía mientras prestaba guardia cinco horas seguidas?, fumarse un cigarro, de cualquiera: era lo mejor. En los patrullajes también: un Kool y dos Marlboros para mí, ah, y un tinto bien cargado, para el frío, usted sabe.
Salí del servicio militar y empecé a fumar en serio, la que me enseñó bien fue Patico, quien por su mal genio se ganó su apodo: Patico (Pantera, Tigre, Cocodrilo), ella me enseñó a pasar el humo, a saborear el veneno antes de que entrara a los pulmones, una vez adentro de las bolsas, exhalarlo con serenidad y fineza, haciendo la boca como si fuera a dar un beso, hablar un par de frases y botar el resto del humo.
La fase dos consistía en sostener el humo mucho más en los pulmones, hablar unos cinco minutos y ahí si botar el humo, así se probaba un verdadero fumador, después, botar el humo por la nariz, esa parte no me costó trabajo hacerla, pero las anteriores, duré como un año para aprenderlas. Con Patico nos poníamos a fumar horas enteras, nos mirábamos de a momenticos y prendíamos el otro tabaco y el otro y el otro, hasta acabar la cajetilla de Marlboro rojo importado por la Philip Morris; porque es importante distinguir entre una cajetilla importada y una nacional, tristemente la gringa es doblemente superior, su sabor, color y olor son únicos, no importa el precio.
En los bares, con los amigos, era inevitable fumar, a pesar de que ellos eran no fumadores, yo gustaba de echarles el humo en la cara y reírmeles borracho, ¿me da un Marlboro, por favor?... ¡rojo!
Antes de entrar a clase, un Marlboro; después de clase, dos Marlboros; después de la segunda, otros dos Marlboros; al salir de la U, otro Marlboro; si hay plan en algún antro: una cajetilla de Marlboro, la compramos entre los dos, fresco.
Los sábados eran muy aburridores en la U y había ocasiones en que mis compas se iban rápido dejándome tirado y a expensas de fumarme un paquete de Marlboro 10 yo solo.
Me sentaba al lado de la cafetería para no fastidiar a los comensales, sacaba mi mechera azul nueva y encendía el primer cigarro de una tanda de siete seguidos. Sacaba mi walkman y empezaba a escuchar la nueva de A Perfect Circle, los mismos de Tool: Judith, el nombre de la canción, el mismo nombre de una amiga mía, y el Marlboro se va extinguiendo poco a poco y voy sintiendo un mareíto leve que pone a alucinar mi mente. El sol ataca sin piedad y me toca colocarme los lentes negros, para que no dañe mis grandes ojos verdes, me aplico bloqueador solar para que no se me queme mi blanca y delicada carita, el tercer Marlboro llega a su final y dan una de Café Tacuba: Esa noche, me acuerdo de Alexandra, me da tristeza y es un pretexto más para consumir el quinto de la tarde, me explayo en las graderías y observo tranquilamente cómo el humo asciende en una maravillosa forma ondeante hacia el cielo infinito, es realmente bello apreciar cómo el humo va girando y girando, entorchándose en una espiral perfecta, de color gris, y que cientos de metros arriba se pierde, haciendo ebullición y taladrando micra a micra la ya desgastada capa de ozono, ¡qué sol tan maldito!!!
Llega Roco y me goterea algunos tabacos, a mí no me importa, el cigarrillo se comparte sin distingos de géneros, razas, tamaño, clase social, estrato o ideología, el cigarrillo nos une en comunidad, nos pone a hablar de diferentes temas, nos obliga a reír y a mirar cómo bota el humo cada quien, así se da uno cuenta si saben fumar de verdad, el que no sabe que se abra, que aprenda, ¡fumar es un arte!!!
Una vez mi madre santa, recibió una llamada misteriosa de alguien que nos conocía a mi hermano y a mí, y a mis papás (aún no sé quién fue el h.p.): dijo que mi hermano fumaba desde que tenía quince años, y que yo me la pasaba de bar en bar, de discoteca en discoteca, fumando, no sólo cigarrillo sino también drogas y metiendo otras substancias, tomando, que hacía espectáculos en la calle y me la pasaba borracho con ropa negra y jeans rotos. De eso, nada era verdad, había dejado de fumar hacía un mes largo, ¿quién tendría la osadía de inventar semejantes cosas?, de seguro era un malentendido, pero no supe quién lo formó. De inmediato mi madre requisó la maleta de mi hermanito y encontró una cajetilla de Belmont Light, yo no sabía que él fumaba, para colmo de males el estúpido confesó que sí fumaba desde los quince, mi mamá dedujo que todo lo que dijo esa extraña persona era verdad, ¡todo!!!, y calé por inocente.
De inmediato le volvió a dar una crisis nerviosa, perdió el sentido, su mirada era torva, muy torva, insane in the brain, botaba vaho espeso y purulento por la boca, los ojos inyectados sangre, se revolcaba en el suelo y nos maldijo: ¿tanto problema por saber que sus hijos fumaban? Después de la tormenta viene la calma, todo pasó después de tres meses de sátiras, puyas, y recordar the call’s incident.
Con más razón seguí sin fumar, odiando a ese personaje misterioso y habla-shit que formó tan horrible pesadumbre en nuestro humilde hogar. Eso no duró más de quince días, volví y probé la sensación de poder que se percibe cuando te fumas un Marlboro rojo, te paras erecto (sostenido en los dos pies) y miras a través de tus lentes negros a toda la gente, son liliputienses, son pigmeos al lado tuyo, exhalas el humo y avanzas en el camino exhibiendo tu grandioso pelo largo y rubio, crespo y recién lavado, expeliendo un suave aroma a manzanilla para conservar el color dorado, de pronto te da tos, pero tranquilo, eso no es nada, diez años fumando, ¡eso no le hace daño a nadie!!!




Ya no puedo recordar con aprecio y absoluta claridad aquellas estelas onduladas perfectamente, el olor a alquitrán de los viejos American Gold, el olor fascinante y seductor de los Mustang rojos, el filtro suavecito de los nuevos Kool Light, el indiscutible sabor venezolano de los Belmont, el exquisito y medicinal verdor silvestre de los Green, la horrible sazón en los labios después de fumarse un Camel; la exquisita francesa fragancia y sensación fina al devorar un Ives Saint Laurent; y tampoco sentiré de nuevo el placer absorbente que se vive cuando me fumaba un Marlboro rojo, ¿habría en mi vida cosa más placentera?
Ahora estoy viendo a través de la ventana a mi hermano, fumando con sus amigos y comentando el capítulo del Chavo, ¿por qué también el profesor Jirafales fuma tabaco en frente de los alumnos? Mientras yo veo en mi hermano el pasado que tuve, tengo que llamar a Agafano para que me renueven el cilindro de oxígeno que acabo cada mes, y tengo que cambiar el platón donde escupo esas flemas verdes y amarillas, pero predomina el amarillo, porque así es el color de una flema exhalada por un enfermo de neumonía y edema pulmonar.










COMPUNCIÓN




Sumido en la más profunda de las tristezas, Juan David no pudo aguantar el delirio de su desesperación y se fue consumiendo poco a poco en el más insondable de los abismos; sufriendo solo y acongojado lloraba encerrado en su cuarto, las lágrimas fueron inundando poco a poco la gigantesca habitación adornada insípidamente con un cuadro de Kurt Cobain, y otro de los tres chiflados donde le sacaban una muela a Courly.
Juan David se arrastró por el cuarto gimiendo y maldiciendo, sorprendido y amargado de observar hasta dónde había llegado su maldita e infinita tristeza.
El mundo es una sinagoga del mal, es un rito en el que todos se ponen de acuerdo para amargarle la vida, la vida es una obra de teatro en el que cada uno de nosotros tenemos el papel definido, cada quien sabe en qué momento aparecer, qué parlamento recitar y cuándo llega su fin.
Juan David prendió su grabadora, comprada gracias a unos ensayos que había escrito para unos compañeros de la universidad, colocó unos casetes de Radiohead, de Offspring, y los supo combinar perfectamente, sin temor a prejuicios con quince éxitos de Leo Dan, Julito Jaramillo, Olimpo Cárdenas, y el más fascinante: el dueto de Alci Acosta y Óscar Agudelo; tarareando una a una las canciones que sus parlantes emitían, también Los Visconti.
Los días estaban contados para Juan David, era cuestión de un par de meses, tal vez días, todo dependía de él, solamente de él. La responsabilidad era enorme: él tenía el poder de la vida sobre la muerte, solo, sin una compañía, Juan David se internó en bares de mala muerte para olvidar lo que tanto le hizo daño, olvidar esa mala jugada que le hizo el destino: ¿sería que el libretista se equivocó de personaje?
En los habernos más candentes de su imaginación, Juan David se quemaba burlándose de su estepariez (¿tal vez la estepariez se burlaba de él?) nadando en una mar de conocimientos de dos centímetros de espesor, Juan David se rehusó a seguir el mismo estilo de vida, ya no aguantaba más que todos lo maltrataran, la gente solía escupirlo y vomitarse en su rostro, lo arrastraban por el pavimento con risotadas llenas de maldad, lo cacheteaban y hacían sangrar sus labios carnosos, hambrientos de besar a alguna mujer que lo aceptara verdaderamente.
Volvió el llanto y se revuelca en medio del fango, y las lágrimas que ahora lo están ahogando, sus gritos nunca son escuchados: ¡cállate esa boca, Juan, no malgastes tus últimos alientos!
Pensó en fumarse un tabaco de marihuana, pero eso ya no hacía efecto, ¿entonces qué?, control, control de sí mismo, las drogas son malas, envician, hacen perder el alma y dañan el corazón, abren la puerta a dimensiones que aún no estamos preparados para escudriñar, son otros mundos, nos abren la mente, nos abren una puerta al parecer bella, pero nunca, nunca la cierran, ¿será que en este acto no me tocaba?
Juan David toma su guitarra eléctrica, y en una tonada inventada por él plasma la tristeza que tanto lo absorbe. Es una tonada depresiva, nadie la quisiera escuchar, son notas que no están hechas para gente normal y feliz, ¿tú eres feliz? Cuando estés triste toca un instrumento, invéntate una canción, tararea una lírica, invéntate una letra, plagia alguna otra y léela en voz alta, escribe lo que te pasa y léeselo a algún amigo (a); esa persona, de seguro, no te va a escuchar, se te va a burlar en la cara, entonces te darás cuenta de que eres único e irrepetible, practica el bien y espera el mal, si eres abofeteado pon la otra mejilla, lame los escupitajos que a diario nos brinda la sociedad, no te comas cuentos chinos, sé realista y échate a dormir.
En medio del cuadro conmovedor y comedio-trágico que estaba pintando Juan David, se escuchó una ráfaga de Mini Uzi que duró un segundo y medio. Las voces de la gente no se hicieron esperar y la familia Miranda salió a realizar su oficio de buitre famélico. Esta vez era diferente, Juan David lo tenía todo perdido, salió a chismorrear: ¿qué era lo que pasaba? ¡Lo mataron, lo mataron!!!, ¡ayúdenlo, una ambulancia!!!, ¡cójanlo, cójanlo!!!, ¿qué pasa, es el acto final?
Juan David salió de su casa con unos lentes negros para que la gente no sepa dónde está mirando, para que la gente no conozca su dolor, ¡aunque ellos son los culpables de todo!!! Caminó algunos pasos y encontró a su mejor amigo baleado por algún sicario que lo había confundido con Chómpiras, el mayor expendedor de drogas del barrio; Juan David apenas podía creerlo, el mundo estaba ahora sí loco, de remate.
Sabiendo el final que le esperaba, el amigo de Juan David había dejado un legado literario que nunca había compartido con nadie. La madre del amigo de Juan entregó el legado como se lo había ordenado su hijo veinte minutos antes de salir a encontrarse con la dama de manto negro y de hoz afilada.
Juan David ya no quiso morirse, el legado era el lastre que él necesitaba y nunca se imaginó que su mejor amigo lo hubiera ocultado, ahora se sentía mejor, él no era el único demente extravagante, su amigo le llevaba leguas de distancia, el trac –trac se convirtió en su nuevo estilo de vida, quedan muchas misiones por cumplir, ¿para qué matarse si la obra apenas está en el prólogo?













ESPÉRATE TANTITO




A uno le toca esperar para todo, esperar a que llegue el día para levantarse, esperar a que llegue la noche para acostarse (bien sea para dormir o cualquier otra cosa), esperar a que le sirvan el desayuno o si uno mismo lo hace, esperar a que hierva la leche y a que los huevos se cocinen bien para que no le hagan daño.
Esperar a que su hermana o sus papás se terminen de lavar los dientes rápido para que uno pueda entrar y lavarse los propios porque tiene afán. Esperar a que pase el verriondo bus, buseta, colectivo o taxi, lo que coja usted para irse a trabajar, estudiar, etc. Eso sí que es tedioso, esperar el bus; pueden pasar minutos y minutos y la buseta que uno necesita no pasa, pero cuando uno tiene más afán menos pasa la buseta, y cuando pasa, pasa bien llena y no lo recogen; no lo recogen por dos motivos: primero, cuando una buseta va llena y el conductor no para a recogerlo, es porque usted es hombre y no es del gusto del conductor; di fuera mujer, el conductor frenaría en seco y la recoge pero de una, y si está buena, hummm, la hace sentar ahí al ladito de él, y si el asiento está ocupado por otra mujerzota que ya ha recogido antes, la hace sentar en la barra de cambios ¡uff, casos se han visto!!!, y si no pregúntenle a Martha, que una vez se subió a una buseta que iba para Timiza; ella estaba en el centro y era la hora pico, como las cinco y media de la tarde, cuando todo el mundo sale de trabajar. Martha se subió a la buseta que iba para Timiza, atareada con un poco de bolsas de Cafam porque había hecho mercado en ese almacén, y tenía como cuatro o cinco bolsas llenas de jabones, cremas Colgate, chitos, condones, un yogurt y algunas legumbres; entonces Martha vio la buseta que decía Timiza y de una le hizo señas con su índice derecho muy largo y torcido, inclinado superiormente, y agitando su muñeca le hizo saber al conductor que quería subirse allí para irse a su casa rápido y estrenar el paquete de condones que le había encargado su esposo.
El conductor entendió la seña y rápidamente cerró a un Renault cuatro que iba detrás y frenó en seco para recoger a Martha que iba con una minifalda roja, medias veladas color piel, un busito blanco como de lana, con su cabello negro, medio crespo y enredado, y con una mariposa gigante que se incrustaba en medio del cerebelo y el encéfalo. Martha se subió atareada con sus paquetes de Cafam y el conductor muy comedidamente le ayudó a recibir los fardos y los colocó encima del motor, claro, era la manera perfecta de incitar a Martha a que se sentara en el asiento del copiloto y poderle ver esas piernotas que tenía Martha y sus senos protuberantes acomodados en ese busito blanco como de lana.
Martha se sentó un poco agitada y agradeciéndole al conductor que era un gordiflón grande, de patillas bolivarenses y de una barba corta pero espesa y mal cuidada, con unos ojos grandes como el azabache, y sus pupilas rodeadas de miles y miles de venitas rojas que daban la impresión de estar viendo a un drogadicto o algo así (la verdad era que esas venitas rojas le habían salido a Evaristo por el smog tan verraco que hace aquí en Bogotá).
Y Evaristo con un palillo de los que dan en los restaurantes cuando uno acaba de almorzar dizque para limpiarse los dientes, pero que Evaristo y sus colegas utilizan como adminículo embellecedor y sensual, dirigió su mirada a Martha y le dijo con una voz gruesa pero chillona, y soltando una risa grotesca pero tierna y sobre todo sincera: ¡Qué trancón tan… aburridor!!!, ¿no? Él hubiera querido decir que trancón tan hijueputa, pero su táctica de conquistar a Martha hubiera fallado, entonces sólo dijo qué trancón tan… aburridor, ¿no?
Martha, sonriendo hipócritamente y mirándolo con su par de ojos aguapanelosos, le contestó sí, qué trancón. Una respuesta muy inteligente, digna de Martha: “Sí, qué trancón”.
Y entonces así pasaron casi todo el recorrido hablando de tonterías, de la novela de las ocho y media, de lo difícil que estaba la situación, del trancón tan verraco, y Evaristo se quedó esperando a que Martha le diera la patica para el poder decirle un piropo bien iguazo y conquistarla a su manera, pero se quedó esperando, porque Martha sólo estaba pensando en su interior en llegar rápido a la casa y estrenar el estuche de condones que le había encargado encarecidamente su esposo. Y Evaristo se quedó esperando, esperando en vano, porque cuando le hacía la charla a Martha, ésta se hacía la que no escuchaba y tarareaba la canción vallenata que estaba sonando, y así hizo una y otra vez, ignorando por completo a Evaristo; Martha se bajó en el lago Timiza y Evaristo se quedó esperando a que le diera siquiera un simple adiós.




La segunda opción que usted tiene para poder subirse a la buseta es que sea amigo del conductor, ahí sí la buseta para en seco y lo recoge de una, y mejor, porque no van a cobrarle el pasaje y más encima se va hablando bien sabroso con su amigo el conductor, hablando pendejadas, de lo verraco que está la situación, de la novela de las diez y media, de lo último que le pasó en el bar El Tufo el pasado viernes, que cuándo se van a encontrar para echarse un chico de tejo o de billar, que cuándo van a tomarse unos guarilaques, y cosas así. Pues bien, sólo si usted pertenece a estas dos categorías, puede esperar a coger buseta rápido, así vaya llena.
Pero en cambio, a uno que es un hombre común y del corriente, le toca esperar y esperar, esperar y esperar, esperar y esperar, hasta que a la final le toca coger dos busetas o tomar un taxi, porque tenga en cuenta que ya son las ocho y cuarto y usted entra a trabajar a las ocho y media, entonces avíspese pues, ¡papá!!!
A uno siempre le toca esperar para todo, esperar haciendo la fila para pagar los servicios públicos, eso sí que es cargante, soportar más de una hora y media para poder regalarle al Estado parte de su sueldo para que lo dejen vivir con luz, con agua, con teléfono, con gas, etc. Esperar en una fila de esas es a veces insoportable, si no pregúntenle a Jorge, que era un hombre intelectualoide y tenía que pagar los servicios cada mes, y siempre se llevaba su walkman para no aburrirse tanto, pero se le acabaron las pilas y el dinero para comprar más baterías y entonces optó por la lectura, y se llevó un libro de Albert Camus, La caída, se llamaba, y empezó a leer el libro y se dio cuenta de que se identificaba con la mayoría de las cosas que describía el autor de sí mismo, entonces Jorge se introdujo en el libro y se apasionó por el magno tratado que tenía en sus manos, y leyó como nueva páginas, pero ahí fue cuando escuchó la risotada dantesca y escalofriante de una anciana que estaba delante de él, con sus arrugas multiplicadas a la n potencia, y con dos dientes de oro que se alcanzaban a notar por allá al fondo sobre el maxilar inferior. Y entonces esa risotada que hacía dar risa a los que la escuchaban hizo caer en desgracia a Jorge, porque ya no se podía concentrar en la historia que narraba Albert en su libro La caída, entonces cerró su libro por un momento y calladito empezó a mirar para otro lado y a escuchar qué era lo que hablaba esa simpática viejecita que había soltado tan horrorosa carcajada de su boca arrugada, maloliente, y ya descomponiéndose. La simpática y octogenaria anciana estaba conversando con dos ancianitos más, un poco más jóvenes que ella, por ahí de sesenta y/o setenta años, un viejito y otra viejita; entonces el viejito, un señor alto de gafas gruesas y de facciones afiladas y con mirada de sargento mayor del ejército alemán en plena segunda guerra mundial, le estaba contando a las dos viejitas un chiste, y ése era el motivo de la estruendosa risa de la anciana octogenaria (la otra viejita no se rió porque no alcanzó a escuchar bien el final del chiste y le daba pena pedir que lo repitiera, pero a la final optó por reírse al igual que su longeva amiga). El chiste que contó el viejito hasta bueno era: “Un día un japonesito que llegó a Colombia se enamoró de una muchacha, pero para poder conquistarla tenía que parecer colombiano de verdad y operarse los ojos rasgados típicos de los asiáticos. Entonces se fue donde el cirujano plástico y le explicó la situación. El médico cirujano le dijo que bueno, que él podía solucionar ese problema, pero que no había que operar los ojos, que había era que ponerle medio cerebro más porque los colombianos éramos muy inteligentes y teníamos medo cerebro de más, entonces el japonesito incrédulo, le dijo ¿de veldad doctol? Sí, sí, sí hombre, si usted quiere, procedemos ya. Bueno, bueno, honolable doctol, todo sea pol conquistal a mi amada y palecel colombiano. Entonces el cirujano procedió a operarlo, a colocarle medio cerebro más, pero cometió el error de quitarle medio cerebro en vez de ponerle medio y así terminó la operación. A la semana siguiente el japonesito fue a control médico y el cirujano le preguntó: ¿qué hubo, qué más, cómo le ha ido hombre? ¿Ya pudo hacer su conquista? Y el japonesito le respondió en tono de argentino: Ché, no seas boludo, lo que hiciste fue quitarme medio cerebro, y mirá me dejaste como argentino ché…”
En ese instante fue cuando la anciana que tenía ochenta años soltó la carcajada y ahí fue cuando Jorge no pudo seguir leyendo, entonces se quedó escuchando lo que hablaban los tres viejitos, y escuchó que ahora la octogenaria tomaba la vocería y cambió por completo el rumbo de la conversación, ya no se reía, ni nada, ahora parecía más bien triste y mirando hacia el suelo y con voz un poco temblorosa y decidida empezaba a contar sus desdichas sufridas con sus nietos que eran drogadictos y cada ocho días iban a sonsacarle dinero para comprar substancias, y a veces la insultaban y la robaban. Los otros dos viejitos escuchaban atentamente y la miraban con pesar, y Jorge escuchaba también, y ahora quería participar de aquella amena tertulia dinosauriesca, pero él era muy tímido y además qué se iba a poner a charlar con un trío de tricéraptos que odiaban a la juventud de hoy en día. Entonces siguió escuchando, y ahora cada uno de los viejitos empezaba a contar tristezas acaecidas con sus hijos y nietos, y entonces Jorge se empezaba a sentir conmovido, y después de maldecir mil veces en su mente a la viejita que soltó tan sórdida carcajada, ahora prefería escucharla de nuevo a tener que escuchar tan tristes confesiones, porque Jorge en el fondo era un persona noble y tierna y le daba pesar de los viejitos y esas historias tan quejumbrosas, entonces ahora pensaba en sus padres, en qué iba a ser de ellos cuando estuvieran así de viejitos, en qué iba a ser de él para poderlos mantener, en qué iba a ser de él cuando tuviera esa edad, entonces pensó para sí que preferiría fallecer por ahí a los 55 o 60 años, que sería un estorbo para la sociedad y sus hijos, entonces que no quería llegar a ese estado de longevidad. Y todo eso pasaba mientras esperaban y esperaban, esperaban y esperaban a que abrieran el banco y poder cancelar sus servicios públicos.
Y así Jorge tuvo que esperar más de hora y media aguantando los comentarios de los tres viejitos, comentarios sobre la podrida juventud de hoy en día, sobre la difícil situación económica, sobre la inseguridad, etc…, y entonces ahora Jorge estaba trastornado y quería irse ya, pero ya estaba sólo a tres personas de llegar donde el cajero, esas tres personas eran, pues, las dos viejitas y el viejito. Por fin Jorge llegó donde el cajero y ahora era él quien hacía esperar al que estaba detrás suyo y los que estaban detrás de él y sacando sus recibos despacio y sintiendo ese placer que se siente cuando uno está frente a frente con el cajero, y voltea a mirar para atrás desafiante e irónico y ve a un centenar de personas esperando a que usted agilice su transacción y Jorge seguía allí hasta que por fin terminó y se fue para su casa, después de esperar una hora y cuarenta y cinco minutos ahora tenía que esperar otros quince minutos a que pasara su buseta de regreso a casa. Entonces se subió a la buseta y pudo leer por fin unas páginas más de La caída y empezó a exorcizar sus demonios más escondidos en esa lectura que describía todos sus egos y sus fortalezas (que eran pocas) y así continuó leyendo, en busetas, en su casa, en la universidad, en flota camino al Espinal, y terminó el libro esperando analizar toda la información que había leído, esperando y esperando, esperando y esperando en filas para pagar servicios públicos, para ir al cine, para lavarse sus dientes luego de que su hermana acabara y así pasó…


Por eso es que a uno siempre le toca esperar para todo, por ejemplo, cuando hay un concierto de su grupo preferido y empieza a esperar. Primero le toca esperar a que el grupo confirme que sí va a venir a Colombia, y empieza esa angustia porque en la radio empiezan a especular y realizar conjeturas y a decir que es posible que el grupo no venga porque las FARC los pueden secuestrar, es posible que no vengan porque la gente no tiene tanta plata para pagar la boleta que van a cobra, es posible que no vengan porque aquí en Colombia casi no les gusta esa música y ellos están acostumbrados a llenar estadios y auditorios, es posible que no vengan porque el vocalista se enfermó de la garganta, ¡es posible que no vengan porque simplemente no se les da la gana!!!..., y así, uno tiene que esperar y esperar y esperar con paciencia porque si se desespera ahí sí es peor, porque puede que llegue el arrebato y diga: “¡Ah!, ya no voy a ese pinche concierto”, cuando en realidad se muere por ir. Entonces mejor espere con paciencia.
Luego de que escucha que el grupo va a venir confirmado para Colombia, en su tour por Sudamérica, usted salta como un resorte y mejor dicho, pero…, no se contente de a mucho porque no ha escuchado aún cuánto vale la boleta y usted como que está corto de dinero, pero bueno, escuche a ver: uy, cuarenta mil pesos, la general, apenas loco, eso es lo que usted tiene, vuelve la felicidad, pero…, no ha escuchado desde cuándo empiezan a vender la boletería y en dónde, entonces tranquilo y pare oreja; ah, hasta dentro de quince días venden las boletas y el concierto es en veinte días exactos, entonces le toca ponerse a esperar a que llegue rápido el día en que empiecen a vender la boletaría, y estar allá de primeras para quedar bien cerquita de su grupo preferido y entonces espere y espere, y mientras llega el día uno se pone a escuchar todos los albums del grupo y a aprenderse la letra para poder cantar todito lo que toquen ese día del concierto.
Por fin llegó el día en que venden la boletería, pero hombre, usted llegó como tarde y le toca aguantarse la fila, compa, le tocó, y entonces van llegando más y más mechudos detrás suyo, y delante suyo hay como 27, no 28 mechudos, y todos tienen su combo menos usted, entonces le toca aguantarse las conversaciones de todos, pero con la salvedad de que usted puede intervenir en cualquiera, eso sí mandando en la parada, y si están hablando de música usted tiene que demostrar que sabe de música y que no es cualquier pelagato, y entonces tiene que esperar y esperar a que empiecen a vender la boletería y aguantarse las conversaciones de los que están adelante suyo, es una conversación sana, están hablando de música, de la foto de Ozzy Osbourne masticándole la cabeza a un murciélago, del último álbum de King Diamond (usted conoce ese álbum y sabe que es más satánico que el propio nosferatus, pero sigue escuchando), y ahora están hablando del concierto de Metallica, que qué gentío el que había ido, que qué verraquera ese concierto, qué hubo harto tombo, y harto bastón de mando, pero que el licor ayudó a menguar los golpes, el calor y el californiano sol que se cernió por Bogotá después del mediodía, que qué niñas las que fueron. En cambio la conversación de los de atrás se trataba de la descripción exacta de un viaje con marihuana que se habían pegado minutos antes de irse a comprar las boletas, y me puse a escuchar atentamente y empezaron a decir que qué video tan áspero hueón, sí hueón no huevón, hueón porque así fue como pronunciaron esa palabra, que qué traba tan gonorrea, pero que estaba una chimba… entonces me cansé de escuchar esa trivialidad y preferí escuchar mejor a los que estaban en frente mío, hasta que me metí en la conversación y hablamos bien sabroso oiga, hablamos de viejas, de política, de camisetas, de poetas, de música, de bares famosos de Bogotá, de revistas (musicales) de grupos rockeros colombianos, y así pasó como hora y media; entonces el man más alto llegó y dijo: “¡Uy, pero qué a qué horas van a abrir!!!” Cabe aclarar que el tono en que ese man pronunció esas palabras era el propio de su físico: un tipo alto, ancho, de músculos flácidos y blancos, de contextura macilenta y perezosa, con el cabello sin cortar como desde unos cuatro meses, además medio crespo y sin peinar, hacían ver su cabeza voluminosa y chistosa; sus ojos grandes, negros y redondos, vestido de blue jean y una chamarra ordinaria; ese man era como el más lento para hablar de cultura, y de política, pero cuando hablamos de música el man sabía un poquito, pero no dio la talla, no, ¡mejor dicho era un pelmazo!!!
Entonces todos nos alegramos porque empezaron a vender las boletas y la fila empezó a correr, pero esos minutos que transcurrieron en el trayecto entre el sitio en que estaba yo y el vendedor, me puse a pensar en ella, en Hola Niños, en qué estaría haciendo en esos momentos, tal vez trabajando, y ocupada cumpliendo su labor, o tal vez estaría pensando en mí, aunque confieso que sería algo quimérico el pensar que ella estuviera pensando en mí, recordé su figura física y lo linda que es ella, su largo cabello liso, su piel blanca y fina, y su voz, su voz tan suave y a veces parecía como sensual, no sé, es que uno cuando está enamorado ve las cosas así, maravillosas, pero aún así, siendo objetivos, Hola Niños es una mujer encantadora, y entonces sólo esperaba el día en que por fin ella se fijara en mí, y que no me volviera a decir Hola amigo, sino Hola mi amor, o algo por el estilo, pero lo cierto es que el peor error que uno puede cometer es enamorarse de la mejor amiga, es un craso error.
Por fin nos vendieron las boletas y me fui para mi casa, y otra vez a esperar la buseta, y una vez sentado en el automotor, esperar a llegar a la casa, y esa espera es una de las más soporíferas, además del trancón, de que ahora ya se ha llenado la buseta y de que hay como dos ñerines echándole el ojo a su chaqueta, se tiene que aguantar los vallenatos o bien llamados valle-jartos, y esperar y esperar, esperar y esperar a que acaben una a una las canciones malditas que cantan esos grupos musicales, pero por fin llego a mi casa y me echo en mi cama y me pongo a soñar en cómo será el concierto, en quién irá a ir (conocido) y pensé en invitar a Hola Niños, pero yo sé que a ella como que no le gusta mucho esa música, además no tenía con qué invitarla. Y volví a pensar en ella, y pensé que lo mejor era esperar a que llegara el día y ella por fin se diera cuenta de este negrito, esperar a que por fin se fijara en mí, aunque fuera sólo por intentarlo, pero que estuviera conmigo, pero lo cierto es que llevo bastante tiempo esperando ese momento, y nada, por eso es que digo que a uno siempre le toca esperar, ¡y esperar es lo más apocalíptico que hay en el mundo!!!, si no pregúntenle al padre del gran Gonzalo, que pasó toda su vida esperando que le hicieran un aumento en su trabajo sólo le aumentaron como ochenta pesos cuando ya se iba a jubilar, ésa fue una de las razones por las que el gran Gonzalo formó su movimiento de anarquía e inconformismo, y en vez de ser abogado, como su padre lo hubiera querido, se vuelve escritor, y se vuelve famoso entre los jóvenes y viejos, y aunque su movimiento promulgaba la nada, era el movimiento exacto y preciso para los jóvenes de fines de los sesenta.
Y así pasará quién sabe cuánto tiempo, esperando, esperando, a que arreglen las carreteras, esperando a que la situación cambie, esperando a que el gobierno cambie y haga de Colombia el país que debe ser, esperando a que haya empleo y los jóvenes no se maten, no se suiciden, no se metan a la guerrilla, esperando a que llegue eso que llaman tratado de paz, esperando a que las familias de los secuestrados ya no esperen más por sus seres queridos y les sean entregados, vivos o muertos, intactos o torturados, locos o lúcidos, flacos o repuestos, pero que no los hagan esperar más, esperando a que mi papá lo pensionen y se vaya a descansar tranquilo a su finca que es lo que siempre ha esperado, esperando y esperando, esperando a que algún día vengas conmigo y me abraces y nos queramos infinitamente, y que en ese abrazo demos vueltas y vueltas de felicidad, y nos fundamos en un beso perpetuo y pegajoso, y sigamos dando vueltas entrelazados y contentos, levitando a tres metros del suelo que pisan los mortales, y seguir dando vueltas y fundirnos en un remolino hasta que besándonos y abrazados formemos un solo ser, una sola masa uniforme y bien compacta, que se haga invencible y refulgente, mientras todo el mundo sigue esperando que todo se acabe y se cumpla el Apocalipsis, esperando el amor perdido, o el amor que no ha llegado, y nos miren a lo lejos en un remolino de perfumes y colores celestes, porque al fin te has fijado en mí, porque al fin no me hiciste esperar más, porque al fin tú tampoco quisiste esperar más y por fin te decidiste a compartir conmigo tu sabiduría, tu belleza interior, tu pulcra mirada y tu cálido aliento, porque al fin decidiste regalarme un espacio en tu haber, y despertar la envidia de todos los mortales que nos están viendo danzar en al aire, envueltos en un manto azul celeste, impecable e infranqueable, porque ahora ya somos inmortales, ya descubrimos el amor, y sabemos que es lo único que destruye a los demonios, y por eso nos envidian, pero a la vez quieren hacer lo mismo y entonces se disponen a esperar a que llegue ese amor que asesine sin piedad ese demonio que cada uno lleva dentro, y romper los esquemas de cualquier concepción social.
¡Ah!, a propósito, no hay nada más harto que tener que esperar la llamada de la novia o de la pelada que le gusta, eh, ave maría, eso sí es tedioso y angustioso. En el primer caso, todo sale bien cuando uno está recién cuadrado, porque la pelada lo llama a uno cumplidamente y viceversa, pero cuando ya han transcurrido dos o tres meses de llamaditas, besitos, caricias, abracitos, palabritas, pequeños engaños, sexo, sustos… mejor dicho de relación, empieza la agonía de escuchar la llamada de la novia. Claro, si es que uno está enamorado, o como dicen por ahí, tragao de la pelada, porque si usted como que no quiere mucho a su noviecita, no se le da nada que no lo llamen o se demoren en llamarlo; pero si uno está verdaderamente, digamos, interesado, no hay suplicio más lamentoso que esperar la llamada de la novia después de dos o tres meses de verdades, mentiras, promesas, ilusiones, salidas a cine, discusiones, reconciliaciones, frustraciones, besitos, caricias, sexo…, mejor dicho, de relación; no hay nada más tortuoso, porque la pelada le dice que lo va a llamar a la una y media, y uno mira el reloj y es la una y un minuto, con cuarenta segundos, y no ha llamado, ¡aay, qué tormento!!!, y empieza uno a realizar supuestos y a especular sobre porqué no ha llamado, y eso que hasta ahora es la una y un minuto, ahora con cincuenta segundos, entonces uno piensa será que se le olvidó, será que se le dañó el teléfono, será que está hablando con una amiga y ésta no le ha dado la oportunidad de colgar, o será que está hablando más bien con un amigo y éste le está echando los perros y no la ha dejado colgar la bocina hasta que le dé el sí, ¡maldito sea!!!, y que se espere a que sepa quién es y verá lo que le correrá piernas arriba, o será que ella misma llamó a algún amigo que le gusta y se están echando los perros uno a otro mientras yo espero aquí vuelto una nada, o será que simplemente no se le pegó la regalada gana de llamarme y como es bien orgullosita pues no me quiere llamar. Ahora es la una y tres minutos exactos y nada, ¡ay Dios mío!!!, ¿qué habrá pasado?, será que le pasó algo a su abuela y tuvo que salir urgente, será que está viendo televisión, y está viendo una de esas telenovelas mexicanas, ésta que se llama Mujeres engañadas… ¿hasta cuándo?, y se está armando su propia novela y piensa que yo la estoy engañando y por eso no me llama aún, ¿será?, no… yo no creo, pero ya es la una y cinco, y nada que llama, ¡ah!, yo creo que ya no llamó, me tocó llamar a mí, a ver qué es lo que pasa, pero si la llamo dirá que tan intenso, que tan mamón, si yo fui la que quedó de llamar, eh, no se podía esperar cinco minuticos pues. La una y seis minutos exactos y por fin suena el teléfono, ¡ah!, qué delicia, es ella sin duda alguna, y uno se abalanza por el teléfono con ansias de escuchar esa voz tan linda que sólo su novia tiene, nadie más, y con esas ganas de recriminarle por qué se había demorado tanto, y miro el reloj de nuevo y es la una y seis minutos con siete milésimas de segundo, y entonces me acuerdo de que yo había adelantado el reloj porque siempre me cogía la tarde para irme a la universidad, entonces desde hacía dos días lo había adelantado seis minutos y no me acordaba, ¡ay, qué embarrada!!!, y yo pensando aquí que dizque no me quería llamar, que me estaba poniendo los cachos, que ya se había olvidado de mí, que qué tanta era la demora, y miren, si es la una en punto, otra cosa es que yo tenga el reloj adelantado seis minutos, pero ahí está, ya ha timbrado dos veces el teléfono y seguro que es ella, quién más va a ser si nosotros quedamos de que me llamaba a la una en punto; ahora el teléfono ya ha timbrado tres veces, dejemos que timbre otra vez más para hacerla sufrir, y se imagine cosas, porque yo siempre contesto a la segunda timbrada, pero esta vez quiero contestar a la cuarta, y qué, cuál es el problema, y como yo siempre le contesto a la segunda timbrada, y esta vez no, pensará que quién sabe qué estoy haciendo, que como estoy solo en mi casa aproveché para meter a mi prima Carola que ella ya conoce y sabe que la pelada es bien bonita y hasta me bota los puntos, entonces pensará que estoy con ella haciendo cosas infernales, o pensará que ya estoy aburrido de la relación y no se me dio la gana contestar, en fin, quién sabe qué estará pensando. Es la quinta timbrada y por fin levanto la bocina porque la verdad ya no me aguanto las ganas de escuchar su voz tan linda, porque sólo mi novia tiene esa voz tan linda, nadie más, y además no me aguanto las ganas de decirle que la extraño y la quiero, que por qué no viene, si no más vive a dos cuadras de mi casa y además estoy solo, y podemos aprovechar el tiempo libre bien aprovechadito, ¿si o no?, ¿qué dices?, ¿ah?, ¿Qué no puedes porque tu mamá no te deja?, pues escápate, al fin al cabo ya te has escapado varias veces, ¿Qué te da miedo?, ay, no seas así, yo sé que quieres venir, puedes, y querer es poder, así que invéntate algo y ven por favor, ven ¿sí?, que no, ¿que también tienes que estudiar porque estás en exámenes finales y te vas tirando inglés?, ah, pues con más razón ven, que yo te explico, tú sabes que el inglés es mi fuerte y me gusta, ven, ven ¿sí…? Acerco la bocina a mi oreja y sólo quiero escuchar su voz diciendo ¿aló?, ¿aló?, y entonces me hago el sordo y no contesto nada, pero es sólo para escuchar su angustiosa voz diciendo ¿aló?, ¿aló?, ¿sí?, y entonces ahí sí le respondo, y nos ponemos a hablar bien sabroso; pero qué pasa, la voz que escucho no es la de mi novia, es la de mi papá, ¿hermano, qué hace llamando a estas horas y para qué, si sabe que todo está bien?, y además sabe que mi novia me llama siempre a la una en punto, y que justo en estos momentos está llamando y pensará que no estoy, que me fui con otra, que me olvidé de ella, o que estoy hablando con mi prima Carola planeando quién sabe qué. ¿Qué hubo mijo, qué más? ¿su mamá no ha llamado?, ¡ah!, bueno, si llama dígale que hoy sí voy a comer temprano, oyó, bueno, chao, te cuidas. ¡Cuelgo la bocina y ya es la una y diez minutos, en punto!!!, y en mi reloj ya son la una y dieciséis minutos, ¡y mi novia no se digna llamarme!!!, ¡ahhhh!, ¡ahhhh!, ¡ahhhh!, ¡me estoy enloqueciendo!!!, ¡maldita sea por qué no me llama!!!, ¿por qué, por qué…? El teléfono suena otra vez a las trece horas con treinta y dos minutos, y en mi reloj ya son las trece horas y treinta y siete minutos, entonces pienso, ¡ah1, ya no llamó, ésa debe ser mi mamá para preguntar si mi papá no ha llamado y que a qué horas vendrá a comer, y contesto furioso y amargado ¿aló?, ¿sí?, y es ella, mi novia, entonces bajo el tono y me arrepiento, y decido no decirle ya lo que le iba a decir, que qué le pasaba, que por qué no me llamó temprano, que quién sabe qué estaba haciendo y con quién, que se fuera, que se olvidara de mí, ¡carajo!!!, pero escucho su tierno ¿aló?, hola amor, ¿cómo estás?, que me demoré un poquito, pero bueno, ¿cómo estás?, ¿bien? Y yo quedo totalmente hipnotizado por su voz y se me pasa el odio, se me pasa la ira, se me pasa todo y hasta se me olvida preguntarle por qué se demoró tanto, y mucho menos le digo que no lo vuelva a hacer, ¡qué va!!!, ahí quedo como un zombi, y nos ponemos a hablar bien sabroso, bien sabrosito, y aquí no ha pasado nada.
Pero si lo que está esperando es la llamada de la pelada que le gusta, ahí si es peor la historia, compadre, las cosas ya son a otro precio. Sí, ya son a otro precio porque la angustia es más grande, la zozobra es peor, mientras usted tenga su novia, así se demoren en llamarlo, tarde o temprano usted se hablará con la pelada, ¿cierto?, pero si está esperando la llamada de la pelada que le gusta (a propósito ya es hora de que me llame, y está demorada, con decirles que hace ya como quince días que no me llama, demoradita ¿no? Usted dirá que por qué no la llamo yo, lo que pasa es que no quiero fastidiarla, y si no me llama, pues será que ya se olvidó de mí, ¡lástima…!!!), y no lo llama, pero usted sabe que lo va a llamar (por lo menos eso es lo que cree), uno se pone totalmente orate, dígame si no, es cierto hermano, y uno se levanta temprano a esperar la llamada porque piensa que lo va a llamar temprano, y nada, luego uno se calma, toma aire, se pone a ver televisión, o a leer, a mirar por la ventana, y nada que llama la pelada, pero uno sigue calmado, con una tensa calma esperando pacientemente la llamada porque la pelada dijo que llamaba fijo, pero nada. Llega la tarde y empieza la tanda de telenovelas mexicanas, ahora están dando Amigas y rivales, y sonó el teléfono, claro que interrumpió la escena en que van a mostrar al man ese feo que se hizo mano de cirugías para arreglarse la cara y agradarle a su novia que tiene SIDA, ¡pero qué va!!!, contestemos, que es la pelada que más me ha gustado en mucho tiempo, y es a la que más quiero de todas, voy despacio hacia el teléfono y contesto ansioso: ¿aló?, ¿sí?, ah, cómo le va señora Fanny, no, no señora, mi mamá se fue hace rato para el centro a hacer unas vueltas, sí, sí señora (en ese momento siento la rabia más iracunda dentro de mi ser, y maldigo y maldigo a la señora Fanny, claro, mentalmente, y empiezo a sudar frío porque la pelada que me gusta y a la que le he insistido desde hace como un año, no me llama), bueno señora Fanny, yo le digo a mi mamá que la llame tan pronto pueda, que esté bien señora Fanny, hasta luego señora Fanny. Cuelgo el teléfono y la pelada nada, ¿qué será, hombre?, ah, eso mejor resignémonos, que ya no nos van a llamar. Después de Amigas y rivales sigue otra novela mexicana que se llama Mi primer amor; lo que me gusta de estas novelas (aparte de las viejotas que salen) es que todas las historias tienen algo de parecido a mi propia historia (¿o será que de pura obsesión todo me recuerda a la pelada que me gusta?), por eso es que me gusta verlas (aparte de ver a las viejotas que salen ahí), y ya como a las cuatro y media suena el verraco teléfono, al fin, por fin se acordó de mí, tarde, pero como mal dicen por ahí, más vale tarde que nunca, ¿aló?, ¿aló?, ¿sí?, ¿con quién hablo?, no, no sé con quién, no, no me acuerdo de su voz, ¡ah!, ya, claro, sí, hola, cómo estás Linda en tono totalmente hipócrita y falso, porque Linda es una pelada que me bota los puntos, pero a mí no me gusta ni cinco, y la pelada es bonita, pa’ qué, pero a mí no me gusta, a mí me gusta es otra, y esa otra quedó de llamarme hoy y nada), qué más, qué me cuentas, ¿bien? ¡Ah!, bueno me alegra, ¡ah!, yo también quisiera verte, pero es que lo que pasa es que me tengo que ir, y ya, mejor dicho estoy retardado, sí, de verdad, ¡no!!!, no, yo no te estoy sacando el cuerpo, de verdad tengo que irme a…, a…, a…, a investigar una tarea en la Luis Ángel, tú sabes, estamos en exámenes finales y estoy como colgado, si no, hasta te invito a cine, tú sabes que a mí me gusta harto el cine, pero el cine no comercial, el que dan en Teusaquillo, en la Avenida Chile, en Magitinto… ah, cierto que a ti no te gustan esas películas, bueno, se me está haciendo tarde, chao, chaito, que estés bien, te cuidas, ¡pluf!, cuelgo el teléfono y me limpio el sudor frío que expelí en los minuticos que hablé con Linda, ¡ah!, esa vieja es muy intensa y a mí no me entra, repito, a mí me gusta es otra, pero esa otra no me llama, ¡ah! (yo creo que lo que digo de Linda lo dirá de mí la pelada que me gusta, porque en realidad le gusta es otro man, pero yo no pierdo las esperanzas). Y así se la pasa uno esperando a que la pelada que uno le gusta lo llame, pero no, ¡qué va!!!, entonces le toca a uno empezar a resignarse, qué más puede hacer uno, ¿cierto? Así es el destino de los rechazados, ser aceptados por unos, pero nunca por los que usted quiere ser aceptado, ser querido por la pelada que a usted no le gusta, pero nunca por la que usted quiere y ha amado todo un resto de tiempo. Bueno, en fin, esperar a que lo llame su novia después de tres meses de noviazgo, o la llamada de la pelada que le gusta es un suplicio nocivo para el corazón y para la razón, dígamelo a mí.
Y así me la podría pasar horas enteras enumerando actividades de las que uno tiene que esperar y esperar a que: a participar en ella, a que lleguen y a que acaben.
Por fin llegó el día del concierto y esperé como cuatro horas de segundas en la fila de la entrada y como a las nueve empezó el concierto y ya no tuve que esperar más a ver a THERION en vivo, acabó el concierto y todo parecía un sueño y así acabó todo.
Y a ti…, pues…, ¡te seguiré esperando! Adiós.










[1] Potro: instrumento de madera en el que se le abrían las piernas al sujeto hasta hacerle sentir un dolor intenso, cuando no le producía la muerte. En él, antiguamente se torturaba a los herejes, en lo que hoy en día es conocido como el Palacio de la Inquisición, en Cartagena de Indias.

5 comentarios:

  1. Al terminar de leer El Resplandor, considero que el estilo narrativo, de prosa sencilla, citadina e incluso simplista –limpia de cualquier barroquismo-; por medio de la oralidad (adolescente y urbana), representa un escenario simbólico del mundo que crea y expresa el universo propio de la urbanidad y la modernidad colombianas.

    En este sentido, la mayoría de los cuentos de El Resplandor al centrarse en la urbanidad, y más específicamente en la contrariedad propia de los adolescentes, ostentan claramente el sometimiento del que es víctima el hombre moderno, que al tratar de sacar provecho de alguna instancia a favor de la validez de su individualidad, usualmente termina siendo “víctima de su propio invento” en la medida en que lo que se supone que es su adyuvante, termina por convertirse en su oponente; porque por ejemplo la belleza y el deseo por Hola Niños termina por esclavizar al personaje de ¿…AMOR…Y… AMISTAD…? lo cual se hace patente en momentos de malestar y desasosiego.

    A su vez, las historias y algunos de los protagonistas experimentan lo que Marshall Berman denomina una “dicotomía interna” que recuerda lo que es “vivir, material y espiritualmente, en mundos que no son en absoluto modernos”, lo cual hace que las historias se presenten más interesantes ante los ojos del lector.

    También es importante destacar que al explotar la voz urbana, la exposición se convierte en el pilar sobre el cual giran las narraciones, dejando en un segundo plano el típico recurso en el que se apoyan algunos autores: el descriptivo. Efectivamente, me agrada que los personajes principales se conozcan por su voz y sus aptitudes, más que por su descripción.

    Finalmente, considero que a nivel estético el autor debería jugar más con el lenguaje propio de las calles, proponer enlaces de palabras, la marcación del acento o la eliminación de la puntuación; son “trucos” que podrían instituirse como factores claves que reafirmen el propósito de subrayar, y a la vez, representar la oralidad característica de la urbe. También podría apoyarse más en el circunloquio cuando el narrador-protagonista presenta su historia -en primera persona- para enriquecer más la estética e incluso hacer más interesantes las historias. Creo que debe trabajar más en la forma; es necesario proponer una mediación entre la instancia cultural y la literaria, que aunque lo ha logrado en ciertas partes, es necesario enriquecerla.

    ResponderEliminar
  2. ES EL COMENTARIO MÁS SERIO QUE HAN HECHO SOBRE EL LIBRO (ADMITIENDO LOS QUE SE HAN HECHO FUERA DEL BLOG, DESDE LUEGO). AGRADEZCO ENORMEMENTE EL COMENTARIO, ES, A MI JUICIO, ACERTADO Y "JUSTO".

    ResponderEliminar
  3. Alguna vez leí este libro. El propio autor me lo entrego en las manos, en una tarde viscoza hace mucho, muchísimo rato, cuando era mi profesor. Claro que lo disfrute, pero tiempo que le e querido preguntar: ¿Ha seguido escribiendo?
    Posdata: fortuna encontrar el blog
    N.M

    ResponderEliminar
  4. Sigo escribiendo, tal vez un día publique.

    ResponderEliminar