viernes, 6 de abril de 2012

Crónica: Los laberintos de Zeus


LOS  LABERINTOS  DE  ZEUS
Todo aquel que diga haber conocido y guste de ir a lo que se considera el centro de Bogotá a divertirse, ha experimentado indefectiblemente, ingerir cerveza en la tienda de doña Ceci, con docenas de almas aglutinadas, escuchando música de la rockola, ahora, en forma de guitarra eléctrica sicodélica.
Universitarios, abogados, doctores, ingenieros, artistas, limosneros, profesores, hombres de la ley, hombres del inframundo, del hampa, alcohólicos redomados, filósofos, albañiles, vagabundos, solitarios, aburridos, famosos, cantantes, punkeros, jipis, metaleros, vallenateros, salsómanos, hiphopjeros, orates; todo tipo de oficios, profesiones, estados de ánimo, convergen en la tienda de doña Ceci, todos los días, especialmente del jueves al sábado.
Al que va por primera vez, se le dice que la cita es en la 13 con tercera, camino hacia la Luis Ángel Arango, al frente de Escobar Rosas. Si no sabe qué es eso de Escobar Rosas, se le explica de paso, que es uno de los sitios de música electrónica más conocidos en Bogotá, al menos en la parte céntrica de la capital de la república colombiana.
Esa zona está llena de bares y lugares donde el que quiera se puede emborrachar y escuchar la música que se le antoje. Hay sitios para escuchar salsa cubana, rock comercial, rock pesado, tango, bailable en general y música electrónica. Donde doña Ceci se puede escuchar de todo eso, por la módica suma de doscientos pesos por moneda que le inserte a la guitarra sicodélica. Tal vez por eso, es que ese sitio mantiene repleto, es un refugio que le da cabida a todos, siempre y cuando tengan o digan demostrar tener más de dieciocho años. Porque es tanta la gente que va cada día, que doña Ceci tuvo que implantar el clásico sistema de seguridad, poniendo a un subalterno en la entrada para que le pida la cédula al cliente y le revise la mochila, no vaya a tener trago camuflado e intente hacer quebrar el negocio.
La tienda funcionó bastantes años con dos plantas, que no daban abasto para satisfacer a todos los visitantes. Entonces adecuaron el sótano de la casa para darle cabida a más y más vagabundos ávidos de licor y música para acompañar la charla con sus acólitos. Yo he sido de los que he metido trago a escondidas de doña Ceci. Desde que implantó su infalible sistema de seguridad, no lo volví a hacer. Yo he sido de los que he visto al cantante de pornomotora armar pelea en el sótano de la casa de doña Ceci.
El local es una casa vieja, adecuada poco a poco para servir de establecimiento público. Tiene un mural en la parte meridional del segundo piso donde se aprecia lo que puede ser una comarca texana o al menos Del Paso, Texas. Parece que se representaba a la Bogotá de los 20 ó 30, ó a algún pueblo, podría ser Tunja también; lo que hace que uno no sepa de qué se trata es la figura de una pareja de vaqueros estadounidenses consumiendo cada uno, un vaso gigante de cerveza. Una cara de satisfacción bastante agradable, por parte de los dos vaqueros gringos, lo incitan a uno a hacer lo mismo, es como un subliminal. Así debe ser el mundo feliz que describe Huxley en su libro. La cerveza que uno se toma allá, es el soma que tanto necesitamos, todos. ¿A qué lugar del mundo se referirán con ese mural? No es ni surrealismo ni realismo ni impresionismo ni nada, es un cuadro, bastante acomodado, amañado, un estilo muy, muy particular. Cómo olvidar a la pareja de vaqueros.
Cierto sábado estaba con dos amigos vagabundos, también, y otro amigo, además de vagabundo, escritor, mejor dicho, doblemente vagabundo, en la tienda de doña Ceci. El doblemente vagabundo, de apellido Mazmorra (¿quién se apellida Mazmorra en esta vida, ah?) nos estaba comentando que hacía pocos días había visitado un sitio donde había experimentado las peores sensaciones nauseabundas y donde a la vez, no había sentido nada, debido a la sordidez del lugar. En realidad ya había ido tres veces (cuando conocí el sitio, pensé, Mazmorra debe estar muy enfermo para haber venido acá tres veces, no joda) y nos empezó a describir de qué se trataba.
Luego de la descripción pormenorizada de Mazmorra, sentí el deseo de ir de inmediato a ese maldito sitio. Mis amigos, sin un centavo (yo era el adinerado del grupo, contaba con diez mil pesos) no podían entrar porque el ingreso tenía un costo de cinco mil pesos. Mazmorra dijo que no quería volver a entrar, que si yo quería, me acompañaba pero que entrara solo. Eso me dio algo de temor y mucha sospecha, pero al mismo tiempo, más ganas de entrar, ¡qué diablos!, ¡camine, vamos!, ¿qué hacemos acá? Mis otros dos amigos no tuvieron más opción que seguirme, ¿qué más hacían? Mi misión en el trayecto hacia el sitio azufrado era convencer a Mazmorra de que entrara conmigo. No lo logré. Mis amigos, como no tenían plata, no podían entrar, y si la hubieran tenido, tampoco lo hubieran hecho, lo que les había dicho Mazmorra los había dejado aterrados.
Llegamos al lugar, eran como las diez y media de la noche, ya estábamos bebidos, yo, en particular estaba más mareado que los demás, y ahora que recapitulo, si no hubiera sido así, no habría entrado, al menos solo.
Una recomendación valiosa, fue que entrara con una cerveza, por si tenía problemas.
En la entrada se ve el aviso típico de una tienda de barrio, color azul con blanco. De la puerta hacia adentro, dos mesas de cafetería, con cuatro señores sesentones pasados de copas y con los ojos rojos. Al otro costado, un estante lleno de cerveza y detrás de él, otro estante con papas de paquete y cigarrillos. Lo atendía una señorita que me miró asustada, asombrada, incrédula. Le pregunté que cómo hacía parta ingresar a… ya sabes dónde. Me dijo que la entrada costaba cinco mil pesos, que siguiera a la registradora.
Pedí una Águila, y me dirigí al fondo de la tienda, que era donde comenzaba el sitio escabroso. Mi Virgilio, Mazmorra, se quedó en la tienda con mis otros dos amigos, de nuevo se negó a entrar, de Virgilio pasó a ser Judas -Iscariote, en dos segundos.
Llegué a la registradora y me tomé un trago largo de cerveza helada. Llegó el dependiente, ¿qué será esta mierda?, pensé. Un tipo alto, calvo, cejudo, de piel roja, visiblemente fuerte pero aturdido, me disparó por cinco mil pesos para entrar. Esto parecía una película de David Lynch. Su camisa, era de flores, con fondo rojo, las flores blancas predominaban, sus vellos negros y gruesos brotaban como una cascada de pelo de un monstruo prehistórico.
Tomé otro trago, quise mirar hacia atrás, pero ya qué, no me iba a devolver, saqué el billete de cinco mil y se lo di. El tipo me lo recibió y con la mirada me ordenó que entrara. Crucé el umbral, dejé atrás la registradora de buseta vieja. Estaba adentro.
Lo primero que vi fue el decorado de la primera entrada: unas doscientas carátulas de películas pornográficas se sobreponían al baldosín blanco que envolvía las paredes del recinto. Giré a la derecha y el decorado de carátulas continuaba, estaban clasificadas por gustos, para hombres, para mujeres, para homosexuales, con animales, lésbico, orgías, clásicas, nuevas. Avancé unos pasos y seguí mirando casi de reojo la galería de carátulas porno. Un hombre de negro y bigote azabache estaba detrás de mí, simulando ser un cliente también.
Di unos cinco pasos y estaba ya en frente de lo que era el Laberinto de Zeus. Una gigante estatua del dios mitológico se erigía triste y pensativa. Estaba algo carcomida y con un aire de aquiescencia, parecía no tener otra opción que darle la entrada al visitante.  
Pero había otra breve antesala separada por un pasillo que daba la entrada al laberinto. A lado y lado del pasillo, había dos cabinas privadas con orificios en las puertas para el voyerista. Mi paseo había iniciado, había que empezar a mirar.
Empecé por el costado izquierdo, un color violeta ocultaba al televisor con el vhs que transmitía la película pornográfica Hard core. Una pareja estaba teniendo sexo, de manera acelerada. Una gorda de unos cuarenta y cinco años le ponía su trasero a un tipo como de cincuenta y algo. La mujer estaba en falda y el tipo con los pantalones abajo y la camisa desabotonada, movía su cadera como un muñeco de cuerda. Ella sabía que la estaban mirando, que yo la estaba mirando, parecía excitarse más, no sé si fue impresión mía, pero con un gesto me invitó a entrar. Cambié mi mirada para seguir examinando la cabina. No había mayores detalles, un sofá pequeño, otra silla, el televisor y una mesa pequeña, penumbra y los gemidos de la pareja combinados con los gritos de la orgía que estaba proyectando el televisor.
Cambié de costado y enfoqué mi ojo derecho a ver qué sucedía en la otra cabina. Un tipo estaba viendo una película en donde una mujer tenía sexo con un Gran Danés. El perro estaba acostado, jadeante, mientras la mujer, rubia y exuberante, estaba moviendo su cadera, unida por el miembro del dogo. El tipo se estaba masturbando mientras acariciaba a una gallina que tenía en la otra mano. ¡Una gallina!, ahora sí comenzó esto, pensé. La gallina tenía los ojos entrecerrados y se dejaba consentir por la mano lisa y lampiña del tipo. Los movimientos de su otra mano eran lentos y sin convicción, no le quitaba la mirada al televisor, no parpadeaba, parecía un robot, no había el menor índice de pasión o de algún jodido sentimiento en ese tipo. Lo raro era que la pareja que había acabado de espiar había sido igual, estaban tirando pero no se veía ninguna sensación de satisfacción, actuaban, precisamente parecía que estuvieran actuando en una pésima película porno sin presupuesto; gemían pero parecían obligados; esto no estaba bien. Mazmorra ya me lo había dicho.
Seguí mi paso, faltaban dos cabinas, las examiné y por fortuna, de cierta manera, estaban vacías, en mi interior esperaba ver algo más fuerte que al hombre con la gallina, pero estaban solo los televisores proyectando películas porno. Avancé y miré frente a frente a Zeus, gigante pero triste.
Empezaba el laberinto, Zeus estaba situado para demarcar dos caminos, izquierda y derecha. Escogí el izquierdo, y empecé la verdadera gira por el Laberinto de Zeus.
Al ingresar una cortina oscura se cerró a mi espalda, avancé y lo primero que me frenó fue ese olor que me había dicho mi Virgilio – Judas: un hedor fuerte, repugnante, a mertiolate, a clórox súper concentrado, a galones de semen vaporoso. Y eso que estaba algo borracho, precisamente lo que hizo ese olor fue despojarme de mi bendita beodez. El hombre de bigote seguía detrás de mí, simulando ser otro visitante.  
Caminé otros diez pasos con mi cerveza en la mano, lista para partirle la cara al de bigote negro si intentaba hacer algo.
El Laberinto de Zeus se trata pues, de un múltiplex pornográfico. Pequeños compartimentos rodean el perímetro que comprende el laberinto. Son sofás pequeños, negros (todo es negro allí) y cada compartimento con su respectivo televisor y su respectiva película pornográfica. Acá ya no hay cabinas separadas, todo queda abierto a todo el mundo.
Recorrí cada uno de los compartimentos, y la mayoría estaban ocupados. La mayoría también, proyectaban películas de homosexuales, en orgías. Los parejos tenían sexo mientras miraban sus películas, pero otra vez, el definitivo común denominador: cero pasión, cero sentimiento. Los hombres se penetraban, se dejaban penetrar, se manoseaban, pero era movimientos robóticos, automáticos; el escándalo venía de las películas que emergían de los pequeños televisores. Apuré un poco el paso, y el tipo de negro también, me estaba vigilando; tal vez el monstruo prehistórico lo había enviado a ver yo qué hacía, definitivamente yo no reunía el aspecto de ser un homosexual o un mórbido adicto al porno, iba solo, obviamente iba sólo  a husmear o era un raya averiguando cómo era el asunto. Como fuera, mi botella tenía que servir de algo.
Avancé y quedaban pocas sillas vacías, eso me hizo agilizar un poco más mi viaje. Si de odiseas se trataba…, yo creo que por eso Zeus estaba triste en la entrada, no hubiera querido eso para sus Odiseos.
Llegué a la mitad del recorrido, y descendí lentamente. Había una pareja de heterosexuales manoseándose. La pareja estaba semidesnuda, pero la mujer no lo dejaba penetrarla, todavía. No quise intimidarla con mi curiosidad y seguí adelante.
Sofás, televisores, películas, porno, todo negro, pasión cero. En la parte central, se encuentra la pantalla principal. Es de tamaño medio, comparada con la de un cinema convencional. Sus espectadores están sentados en una pequeña tarima de madera, parecía una gallera, el torreón de un circo de pueblo arruinado. Los que estaban sentados allí tenían un poco más de emoción, eran muchachos de no más de 23 años. Solo hombres, estaban tomando ron, había varias botellas vacías, pero más sin desocupar, la noche apenas empezaba. La película que se proyectaba era una pornográfica como de los años sesenta, el color y todo era mustio. Las mujeres con sus trajes de baño de la época, casi ridículos, al ser desvestidos por los hombres sin afeitar y de largas patillas.
Me dio risa. Tanta sordidez y en la pantalla central una película casi inofensiva de los años sesenta. Los muchachos parecían locos viendo eso. Cuando se percataron de mi llegada, no me quitaron la mirada de encima, sobre todo uno de ellos, que parecía ser el líder, el macho alfa de esa manada de orangutanes homosexuales.
Percibí cierta hostilidad por parte del macho alfa, me invitó a sentarme y tomar un trago, no bacán, ya estoy listo, le respondí, haciéndole creer que ya no me cabía una gota de licor más y que no sabía por qué seguía tomando de mi cerveza. El tipo de bigote negro parecía que ya no estaba tras de mí. En cada rincón del laberinto, hay una estatua de Zeus, en diversas escalas, sobre mesitas de noche.
Seguí descendiendo y atrás de la pantalla central estaba la tienda o estación central. Una pequeña tiendecita con cuatro diminutos televisores en cada esquina, con películas porno de toda clase, alumbraba en el laberinto, tímidamente.
Entré a medias para seguir espiando. Y ahí sí fue el colmo de la despasión. Había cuatro prostitutas, gordas, viejas, arrugadas y sin vida en sus ojos. Su maquillaje corrido y pasado de moda, ridículo por completo, sus prendas absolutamente caducas, de muy mal gusto. Peinados más ridículos aún, me sentía trasportado en el tiempo, ya no sabía dónde rayos estaba, que me partiera un rayo de Zeus, mejor.
Seguí mirando y los clientes de cada uno de estas señoras eran desgraciadamente patéticos. Había uno que no tenía una pierna, casi indigente, con un traje gris asqueroso; barba de cuatro días, la mirada perdida mientras una prostituta le cogía su miembro y  lo masturbaba mecánicamente. El tipo ni siquiera la miraba, ni miraba a los televisores, no miraba sino al vacío, a algún recuerdo o imaginería futura.
Otro tipo, pesado, obeso, sudoroso y adentrado en la calvicie le cogía las nalgas a otra gorda que parecía indiferente a los devaneos del calvo pasado de kilos. La gorda en minifalda negra, se limpiaba las uñas y miraba atentamente una de las películas.
Otra de las prostitutas trataba de hacerle sexo oral a uno de sus clientes, también entrado en la veteranía, la calvicie y la obesidad. Su miembro no respondía a los estímulos bucales de su matrona, ni a su manoseo. ¿Película de David Lynch, una versión más surreal de paranoid android de Radiohead, una aversión bizarra de Ocho milímetros?
Creo que ya había visto mucho, y sin nadie con quien compartirlo al instante. Pero aún quedaba una zona que había soslayado. Subí de nuevo, retrocedí y vi a otros dos tipos que subían también. En el ascenso el olor ya me había fastidiado demasiado, lo que quería era irme, pero pues, ya estando dentro, no iba a dejar de ver todo, absolutamente todo, no quería dejar nada pendiente para otro día, no quería volver.
Subí, y noté venía e iba gente. La oscuridad era la reina de la gruta. Había dos cuartos, de puerta negra. Abrí el primero, no había nadie, era una pequeña sala de cine con su película porno respectiva, de homosexuales, un grupo de hombres negros simulaba una violación a un joven rubio, el caucásico se dejaba violar sin mucha presión.
Salí, cerré y me dispuse a indagar el último cuarto, ahora sí lo último, como por rutina, no podría haber nada peor o mejor. Noté con extrañeza que salían y entraban hombres. Hombres y hombres, solo había visto a una mujer, la que no se quería dejar penetrar por su acompañante, ahora, que los volví a ver, ella se estaba atragantando con la pija de su excitado compañero.
Cuando ya estaba a punto de entrar, vi movimientos muy extraños alrededor mío, tipos que salían y me echaban el ojo, salían y cerraban, al verme les provocaba devolverse. Yo con mi cerveza casi acabada, preparada para estrellársela a cualquiera que intentara cogerme, manosearme y violarme. Puse mi mano en la perilla para abrir la puerta, la giré y abrió, cuando la puerta cedió sólo se escuchaban gemidos y quejidos, jadeos, gimoteos; se sentía un calor realmente incómodo. No me atreví a abrir la puerta completamente, el movimiento a mi espalda estaba agudizándose, el tipo de bigote ya no me seguía, pero había otros tres con cara de ganosos. Querían meterme a ese cuarto y hacerme parte de su orgía, ¿con animales, filmar un video snuff, sodomizarme?, yo diría que las tres al tiempo, con la misma frialdad que había estado padeciendo en todo mi viaje por el laberinto de Zeus.
Mazmorra me había contado que la última vez que fue, había sido con unas estudiantes de los Andes, muy bonitas. Que ellas habían insistido en ir a pesar de las advertencias de mi Virgilio cobarde. Estando adentro, un comando de seis hombres intentó coger a las muchachas, y hacerles de todo, a la fuerza, del susto salieron volados con Mazmorra y todo. Otro amigo, escritor también, fue con una “amiga” y dos tipos le ordenaron que tenía que compartirla, si no, qué hacían allá; también les tocó salir despavoridos, eso sí, luego de que mi amigo le rompiera la cara a uno de ellos (mi amigo el escritor sabe de artes marciales y mide casi dos metros).
Cerré la puerta, emprendí mi retirada, no puedo negar que sentí miedo al ver a esos tipos con ganas de cogerme. El olor ya era insoportable, me bajé el último trago de Águila y bajé.
Cuando salí, por el costado derecho del laberinto, una gorda, realmente asquerosa le decía a un tipo, como de uno con noventa, tuerto y mal vestido, con una chaqueta de cuero café y rota en varias partes que sí, que sí podían. ¿Qué podían?, ¿qué aberración les había permitido el cíclope de la entrada realizar? Lo cierto es que se metieron a una de las cabinas privadas y empezaron su jaleo. No tuve ganas de husmearlos, además, los orificios ya estaban ocupados con los ojos de dos hombres que mientras miraban, se bajan la cremallera de sus sucios pantalones.
A la salida, más y más portadas de películas porno, algunas sugerían cine snuf, no sé si en realidad si se trataba de verdadero cine snuf, o eran solo imitaciones para amateurs.
Al fin crucé la registradora y vi al tipo que me había seguido casi todo el trayecto, ¿por qué me habría dejado solo en el último cuarto? Maldito cerdo, inhalé una larga bocanada de aire y les hice un saludo a mis amigos que me esperaban con ojos de quien ve a un sobreviviente, al menos, así me sentía.
Mazmorra me miró como quien dice, se lo dije, no hizo falta más. Pedí de inmediato otra cerveza, me la bebí de un sorbo, me sentía sucio, quería quitarme la ropa, mandarla a una hoguera, quería quemarme yo también, me sentía puerco, el olor lo tenía impregnado en los huesos.
Mis amigos dijeron que fuéramos al Mercantil, el bar de tangos más viejo que Bogotá misma. Allá llegamos, tal vez por remordimiento, Mazmorra había sacado plata del cajero y nos iba a gastar más polas.
¡Qué diferencia! ¡Cuánta vida, Zeus!, el lugar estaba lleno de coperas, pero en ellas sí veía uno pasión, energía, vida, ganas de hacer las cosas, Oh, qué gran bendición. Una rubia cuarentona tal vez se dio cuenta de mi asombro y me ofreció sus servicios, tuve que decirle que otro día, no había con qué y realmente estaba cansado.
Les conté a mis compinches lo que había visto, corroboré lo que había contado Mazmorra y después nos fuimos a otro sitio sórdido en la 19 con novena, la música estruendosa no nos dejaba escucharnos entre sí. Comprendí que el laberinto de Zeus se extendía por una zona amplísima del centro de la ciudad.
A los dos meses, pasé por la décima con veinticuatro caminando y un repartidor de tarjetas me dio un papel que decía: Los laberintos de Zeus, siéntase como en su casa, videos porno, profesionales, caseros, homosexuales, zoofilia, lesbianas y mucho más. Cabinas separadas, absoluta reserva, ambiente acogedor.


6 comentarios:

  1. Par asistir a ese sitio no hay que llevar la pasión. Sólo la lujuria y las ganas de saciar el morbo cachondo

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  2. En el ser humano se esconde un inframundo de placeres agonías y deseos, a veces perceptibles y en otros casos recónditos y aberrantes, que buscan salir a flote en sitios apenas si conocidos o simplemente a espaldas del mundo real, la mente y el corazón del hombre son tan extraños y desconocidos que la vida no alcanzara para entender su comportamiento, mientras , solo nos limitaremos a vivir o desvivir lo que nos toca o lo que la noche en su inmenso y oscuro abrazo nos ofrece para desfogar desde las entrañas lo que nos quema y ahoga

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  3. Ya no existe.....lo quitaron porque con 5000 pesos no subsiste ese tipo de porno depresivo

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  4. SE ENTERE QUE ALGUIEN DE MI FAMILIA FRECUENTABA ESTE LUGAR....EXACTAMENTE QUE HACEN LAS PERSONAS QUE VAN ALLI ?? PERDONEN MI INOCENCIA EN EL TEMA ...PERO SIENTO PREOCUPACION

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  5. Pues el sitio lo remodelaron y ahora es bar swinger aún persiste el olor a clorox revuelto

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